Tamara Lajtman es una politóloga brasileña que estudió en Argentina. En Cuba conoció a un uruguayo con el que se fue a vivir a México. Desde ahí viajó a Haití. Es tan latinoamericana que vale la pena preguntarle qué vio en su viaje al país americano que pidió ser parte de África. “¿Haití? 9 cosas te digo” respondió. Estas son:

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El 12 de enero de 2010, a las 16 horas y 53 minutos, la tierra tembló en el país más pobre de la región más desigual.

Cuando tiembla en el país más pobre de la región más desigual hay 200 mil muertos y un millón y medio de personas pierden su casa.

Y entonces, goudou goudou.

Goudou goudou es el sonido que hizo la tierra mientras se partía. La onomatopeya con la que se nombra la fractura del tiempo, el momento en el que se hace de noche cuando ya todo está oscuro. Goudou goudou es un eco, la réplica de una catástrofe siete años después en Haití, el país más pobre, pero también en Latinoamérica, la región más desigual.

Puerto Príncipe después del terremoto. Foto: Alejandro Saldívar

Puerto Príncipe después del terremoto. Foto: Alejandro Saldívar

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Nunca pasó por mi cabeza ir a Haití, hasta que vi una convocatoria del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) para una Escuela Internacional de Posgrado “Políticas para la igualdad: Encrucijadas sociales y discusiones sobre futuros”, que se realizaría en Puerto Príncipe a mediados de junio de 2014, en un convenio con la Universidad de Estado de Haití (UEH).

En aquel entonces estaba en México, cursando la maestría. No conocía a nadie que hubiera estado allí, salvo a mi primo militar que participó en las famosas misiones de paz de la ONU con su casquito azul. Cuando vi mi nombre en la lista de los aprobados no lo podía creer. A los quince minutos estaba haciendo las maletas.

El pasaje que mandaban era: Ciudad de México-Bogotá-Puerto Príncipe. No existen vuelos directos desde México.

Hice una lista con todo lo que sabía de Haití:

  1. El terremoto

  2. Se practica el vudú, que es algo parecido al candomblé brasileño o la santería.

  3. El estribillo de una música de Caetano Veloso (soy brasilera) que me encanta: Pense no Haiti, reze pelo Haití… o Haiti é aquí, o Haiti não é aquí.

  4. La primera revolución de América y la más radical, negra.

  5. El Reino de este mundo, de Alejo Carpentier.

El objetivo general de la escuela era realizar un abordaje multidisciplinario y crítico sobre las políticas públicas en América Latina y el Caribe, con énfasis en el caso haitiano. Fueron seis días de trabajo en la Dirección de Estudios Postdoctorales de la UEH donde participaron 60 estudiantes haitianos y 30 jóvenes investigadores de distintos países latinoamericanos y caribeños.

Nos quedamos en el Hotel Le Plaza en la Rue Capois y la primera recomendación de los organizadores era que tomáramos “solo agua embotellada si no quieres agarrar una enfermedad para toda tu vida”. Lo mismo valía para cepillarse los dientes. Comida solo industrializada, preparada por el hotel o la universidad. Mi única transgresión alimenticia fue haber comido un plato de langostas con banana frita que me costó menos que un pan de queso en Río de Janeiro o un taco de canasta en la Ciudad de México.

Un mercado popular en Puerto Príncipe. Foto: Alejandro Saldívar

Un mercado popular en Puerto Príncipe. Foto: Alejandro Saldívar

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Armamos un grupo de unas cinco personas y salimos a caminar por el centro de Puerto Príncipe antes de arrancar con las clases.

Estábamos en pleno Mundial de fútbol. De un lado de la plaza se gritaba por Neymar, del otro por Messi. Después me enteré de que muchas de las camisetas de la selección de Brasil eran regalos de los militares de este país. Supongo que con las de Argentina pasaría lo mismo.

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Los comerciantes traen el barro desde Hinche, una localidad en el centro del país, y lo procesan para luego venderlo en los mercados de los barrios más pobres de la capital, como La Salines, Fort Dimanche o Cité Soleil.

En una esquina conocí a Josette. Me resultó curioso lo que traía en su canasto: una especie de galleta integral de avena o algo por el estilo. Pero era barro, galletas de barro.

Josette tiene 25 años y cuatro hijos, tres varones y una nena. Es alta, flaca y llevaba un vestido blanco impecablemente limpio. Su marido murió en el terremoto y la nena estaba enferma de cólera. Cada mañana compra lodo en el mercado y prepara las galletas hechas a partir de una mezcla con agua, sal y mantequilla vegetal. Mientras se secan al sol sale a vender por las calles de la ciudad las que se hicieron en el día anterior.

Cuando Josette e hijos tienen un buen día de ventas comen arroz, si no, la cena son las galletas que sobraron.

Un vendedor de agua en Puerto Príncipe. Foto: Alejandro Saldívar

Un vendedor de agua en Puerto Príncipe. Foto: Alejandro Saldívar

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En Haití tuve la experiencia mágico-religiosa más profunda de mis 27 años en esta dimensión. Fuimos a una especie de concierto ritual en el Hotel Olofsson, una mansión del siglo XIX en medio de un jardín tropical. Dicen que es la estructura emblemática más antigua de la ciudad que ha quedado en pie tras el terremoto. A cada tanto se hacen fiestas de música rasin, una mezcla de música de ceremonias tradicionales de vudú con folclore y rock.

Todo en aquel lugar me parecía increíble. Los pelos de las mujeres, las ropas, el sonido, los colores. No tengo una religión específica ni soy muy creyente de nada en particular. Creo, por ejemplo, que cuando estoy escalando la roca me pasa energías positivas. Cosas así. Entonces me metí bien, delante de todo, y después de un rato largo tuve una especie de desmayo. Me llevaron para afuera y cuando me desperté tenía una sensación rara de felicidad, de plenitud.

Las referencias musicales que me pasaron fueron: Racine Mapou De Azor,  Boukan Ginen y Boukman Eksperyans.

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Mi francés es “bonshur” y “bonsuá”. Pocos de los compañeros hablaban inglés. Sin embargo, la fluidez de la comunicación me impresionó desde un principio. Le comenté eso a alguien del taller que me contestó que su lengua cotidiana es el creole: entre amigos y familia se habla en creole, el francés para él era una herramienta y nada más: “cuando vienen los de Francia dicen que hablamos mal su lengua y a mí me da vergüenza”.

Haití fue castigado por Occidente. ¿Cómo una isla de esclavos negros se atreve a hacer una revolución mientras la Revolución, con “R” mayúscula, se hacía en Francia? Los pagos que tuvo que hacer Haití para compensar a los dueños franceses de plantaciones y esclavos se terminaron de liquidar a mediados del siglo XX. Treinta años de dictadura a manos de François “Papa Doc” Duvalier y su hijo Jean-Claude, “Baby Doc”: la cooperación internacional suplantó a la producción local haciendo del país su laboratorio por excelencia. En esos años se estima que el número de civiles asesinados principalmente por las fuerzas paramilitares, las Ton Ton Macoutes, fue de entre 40 y 60 mil. El gobierno de terror de Papa Doc heredado por su hijo se basó en la construcción del mito, a partir de supersticiones ancestrales, de que Varón Samedi (Satanás) le había concedido el poder de conocer lo que cada haitiano tenía en mente.

Colonizado por Francia hasta 1804, el país fue invadido por Estados Unidos entre 1915 y 1934, e intervenido por las misiones de paz de la ONU en 1991 y 1994.

La recolonización contemporánea del país se hace en gran parte a través de las ONGs que con sus recetas inhiben la participación comunitaria, el conocido germen de la rebelión. Las Naciones Unidas impusieron desde 2004 la presencia de tropas en Haití, a pesar de que el país no vive una guerra civil ni significa un peligro para la paz internacional.

La MINUSTAH, instalada en el marco de la destitución ilegal de un presidente elegido democráticamente, no cumplió con sus objetivos de estabilización y la promoción de los derechos humanos. Además de un sinnúmero de denuncias por violación, represión de protestas e interferencia en el proceso electoral, los cascos azules introdujeron la epidemia de cólera en 2010. Ha matado a más de 9 mil personas e infectado a más de 700 mil.

Cascos azules en Puerto Príncipe. Foto: Alejandro Saldívar

Cascos azules en Puerto Príncipe. Foto: Alejandro Saldívar

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La problemática de la construcción de conocimientos desde y para Haití es urgente si lo que se vislumbra, que es la “reconstrucción del país”, se hace a favor del pueblo haitiano y no de los intereses extranjeros. De acuerdo con las políticas impulsadas por organismos tales como el FMI y Banco Mundial, universidades y posgrados son considerados lujos. Fritz Deshommes, vicerrector de investigaciones de la Universidad del Estado de Haití, sostiene que los mejores expertos e intelectuales, según estas políticas, vienen del extranjero y, por lo tanto, no cabría a Haití invertir en educación superior. Pero las consecuencias de las políticas de estos organismos son mortales: “Sus expertos no traen soluciones, sino que complican más la situación y nos mantienen atrapados”.

Un compañero haitiano comenta en ocasión del cierre de la Escuela, que fue totalmente distinta la forma en que se desarrolló aquel evento en comparación a otras actividades con extranjeros en que había participado. “La gente viene de afuera a decirnos cómo hacer las cosas, vienen con sus manuales. Pero ustedes vinieron a pensar junto con nosotros.”

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Haití tuvo su independencia en un orden mundial colonialista, racista, esclavista. La independencia de Haití era vista como subversión”. La existencia de una revolución de esclavos triunfante era algo inaceptable.

Un país de negros con éxito social, político, y económico, sería un mal ejemplo”. Para Francia, por ejemplo, que hasta hoy posee colonias, llamadas “departamentos de ultramar”, es necesario garantizar el fracaso de Haití y pasarlo, aun, como proyecto de país. Para que Martinica y Guadalupe acepten su condición es necesario que Haití no tenga éxito.

Un perro deambula en una calle vacía en Puerto Príncipe. Foto: Alejandro Saldívar

Un perro deambula en una calle vacía en Puerto Príncipe. Foto: Alejandro Saldívar

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En Canaan, uno de los campamentos de refugiados más grandes del país construido después del terremoto, el show de la cooperación internacional es grotesco. Lonas de la USAID utilizadas como carpas al lado de una iglesia evangélica brasileña. Las camionetas blancas con logos de los incontables organismos internacionales y ONGs circulaban como parte del paisaje. Allí, un hecho muy banal parecía ilustrar en el cotidiano lo que mi compañero de clase comentara. Éramos un grupo de unos treinta extranjeros que caminábamos por el enorme asentamiento con nuestras cámaras, cuadernos de notas y, aun sin querer, con expresiones dignas de un safari.

Un argentino del grupo saca su cámara y toma una foto de un muchacho joven negro y pobre, como todos los que vivían ahí. El muchacho saca su celular del bolsillo y toma una foto del argentino. 

Haití, un país de refugiados. Foto: Alejandro Saldívar

Haití, un país de refugiados. Foto: Alejandro Saldívar

Sobre El Autor

Tamara Lajtman

Tiene documento brasileño, mexicano, uruguayo y argentino. Desayuna mate con tortilla y aguacate y le pareció una gran idea estudiar Paraguay desde México y Perú desde el Río de la Plata. Siempre con un pie en Río de Janeiro y otro en Montevideo. No se sabe bien de dónde es. O sí: de Latinoamérica.

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