En la Puerta del Sol, en Madrid, a Maruja Mallo y Margarita Manso –dos de Las Sinsombrero– las insultaron y apedrearon por ir con la cabeza descubierta en señal de rebeldía. Estas dos mujeres, junto con otras artistas e intelectuales de la generación del 27, lucharon para demostrar que su talento y su trabajo estaban a la altura de sus coetáneos masculinos, mucho más reconocidos que ellas. A comienzos del siglo XX, no llevar sombrero les supuso no solo el gesto que les valió el apodo, sino la manera de romper con la tradición y el papel secundario al que la sociedad les había relegado por su género.

Casi un siglo después, visitar el taller de una sombrerera nos hace volver a esa época en la que todos, señores y señoras, llevaban la cabeza cubierta para salir de casa. Empezando por el poder que suponía la corona de los reyes o la mitra papal,  hasta el bonete frigio de los revolucionarios franceses o la uniformidad y obediencia que simbolizaba llevar sombrero para los militares: este complemento marcaba el rango o estatus social de quien lo llevase. Otros lo hacían por las inclemencias del tiempo, pero el negocio siempre tenía una clientela fija. Hoy día ha pasado a ser solo un complemento de moda, común en eventos y fiestas. Ahora llevar sombrero es anecdótico o extravagante. Y a pesar de ello, aún quedan quienes trabajan tejiendo o cosiendo a mano, siguiendo las técnicas tradicionales de este oficio.

Charo en la cocina de su taller. Foto: Rocío Periago

Charo en la cocina de su taller. Foto: Rocío Periago

Charo Iglesias es maestra sombrerera, de las pocas que quedan en la actualidad, aunque ella prefiere que la llamen modista del sombrero. Hoy lleva un turbante de terciopelo gris del que asoman unos mechones de pelo que le dan un aire juvenil. Delgada, menuda y con el cabello corto y oscuro, lleva siempre los labios pintados de rojo intenso. Nacida en los años 50 en Fuentesoto, un diminuto pueblo segoviano, estudió pedagogía y vivió un tiempo en Euskadi. Tras unos años dedicándose a la docencia, un viaje a París le hizo apostar por su vocación. Entonces, abrió un taller de sombrerería en el madrileño barrio de Salamanca. Tres décadas después, no solo ama lo que hace, sino que ha trabajado en el mundo del teatro, de la alta costura y posee unos fondos dignos de un museo, entre libros, hormas y materiales imposibles de encontrar en el mercado. Por el negocio familiar han pasado aprendices de todo el mundo y estudiantes de doctorado que han querido profundizar en temas de moda y artesanía. Charo es hoy un referente de la sombrerería española. Sin embargo, los años de la crisis y la edad han pasado su factura. En un principio pensó en retirarse y dedicarse a dar cursos, pero finalmente ha optado por trasladar el taller a un nuevo lugar, posponiendo la decisión final.

Charo con una chistera color verde pistacho, perfecta para la fiesta de Santa Catalina, patrona de las sombrereras. Foto: Rocío Periago

Charo con una chistera color verde pistacho, perfecta para la fiesta de Santa Catalina, patrona de las sombrereras. Foto: Rocío Periago

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Fieltro. Del germ. *filt. 1. m.

Especie de paño no tejido que resulta de conglomerar borra, lana o pelo.

Es una mañana soleada y fría en Madrid. En un sexto piso de la calle Jorge Juan, el sol entra por los ventanales iluminando una habitación de techos altos y paredes blancas llenas de estanterías, recortes de revistas y fotos. Sobre un espejo de cuerpo, está colgada la palabra “oficio” hecha con paja roja junto a dos pequeños zuecos de madera. Charo anda con trabajo, organizando cajas llenas de libros y polvo, o separando los tules de la organza o la seda y empaquetándolos. Sus manos arrugadas y recias delatan la dureza del oficio y sobre el pecho le cuelgan en un cordón las gafas de pasta azules que usa para ver de cerca. Tiene una voz calmada y tranquila, quizás herencia de la pedagoga que fue, y cuando habla me mira directamente con unos ojos inquisidores y perfilados con eyeliner negro.

Al cruzar el umbral, lo primero que me llama la atención es el inmenso espejo. El reflejo multiplicado de diferentes sombreros y tocados da la sensación de encontrarnos rodeados por un pequeño ejército de fieltros de colores, cuando solamente son 4 o 5 las piezas colgadas de exposición. Hay uno rojo, puntiagudo, que recuerda al que llevan los enanos de los libros de cuentos infantiles. A los pies, como si de un museo se tratara, hay un cartelito con una foto que indica “Desfile de Pedro del Hierro, año 1995”. Un poco más hacia la derecha hay otro de fieltro marrón que asemeja un tazón del desayuno, con su cuchara y todo. En la copa, decenas de mariposas anaranjadas parecen salir volando. Cuando me acerco, puedo ver que son plumas –del cuello de un faisán dorado, me contará luego Charo– engarzadas con un alambre casi invisible.

El taller de Charo Iglesias es completamente artesanal. No utiliza ninguna máquina que no se sirva de la fuerza humana para realizar sus sombreros. Todo lo hace manualmente. Medir, cortar, coser… incluso planchar, con unas pesadas planchas metálicas que calienta en los fuegos de una pequeña cocina de gas. En el pasillo de techos altos, reposan los estantes llenos de sombreros de diferentes tipos, colores o tamaños. Casi al fondo, la habitación donde la sombrerera comienza a crear cada pieza. Cientos de hormas de madera cubren las paredes y en una mesa, como si de un quirófano se tratara, reposan extrañas herramientas de trabajo: un aro metálico con unas tijeras en su interior, un torno ensanchador de sombreros o unos utensilios alargados como destornilladores con una bola al extremo, que luego descubro que son planchas para pétalos de flores. Objetos que ya no se fabrican o que son muy difíciles de encontrar y que ella ha ido recopilando a lo largo de los años.

“Todo esto lo estoy vendiendo, a final de año no tiene que quedar nada”, dice Charo, señalando un rincón con varias cajas. Muy pragmática, habla de la estrategia económica que se ha propuesto en esta etapa, como si no le estuviera diciendo adiós a los últimos 30 años de su vida.

Las manos de Charo en su taller. Foto: Rocío Periago

Las manos de Charo en su taller. Foto: Rocío Periago

La apariencia del taller cambia conforme pasan los días. Donde antes había cajas llenas de fieltros hoy hay huecos. Las estanterías que antes guardaban sombreros, pamelas de fiesta o bombines de caballero van dejando espacios libres. Día tras día el taller va vaciándose. Antes el sol entraba por la pequeña ventana y se reflejaba en las hormas de madera, dando una luz dorada. Ahora el polvo es el que tiene el protagonismo cuando la luz alcanza los estantes vacíos.

–¿Cuándo tienes pensado dejarlo?

–Ya he recibido el burofax del propietario –me informa Charo, que lleva todos estos años viviendo allí de alquiler–, tengo que dejarlo en unos 4 meses.

Aunque la idea es trasladar el taller de lugar, quiere vender todo lo posible. En parte porque no tiene dónde meter todas las cosas y en parte para garantizarse unos ingresos. En España, el coste de impuestos por ser autónomo es uno de los más altos en Europa y cada vez se retrasa más la edad para retirarse. Además, hace dos años se modificó la Ley alargando el periodo de cotización y la edad mínima para poder jubilarse con el 100% de la pensión correspondiente. La realidad muestra un mercado muy difícil para los que comienzan. Un mercado que no quieren abandonar los que ya llevan años en él. El taller de Charo está formado por décadas de trabajo, pero también por los materiales y herramientas que ha ido comprando a otros sombrereros anteriores a ella, y no cualquiera puede hacerse cargo de algo así. Charo bromea con la idea de crear un Museo del Sombrero, y lo cierto es que podría hacerlo sin duda, salvo por la falta de financiación.

Algunas piezas ya hechas y dispuestas para la venta en el taller. Foto: Rocío Periago

Algunas piezas ya hechas y dispuestas para la venta en el taller. Foto: Rocío Periago

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Pluma: Del lat. pluma. 1. f.

Cada una de las formaciones córneas de que está cubierto el cuerpo de las aves y que consta de un tubo o cañón inserto en la piel y de un eje con barbillas.

Henar Iglesias,  la hija de Charo, tiene 35 años y tiene el mismo ímpetu y valentía para apostar por hacerse un hueco en el mundo de la artesanía. Aunque estudió Matemáticas en la universidad, su verdadera pasión es trabajar con las plumas. Es de las pocas plumistas que existen hoy en España –la única que se dedica a esto como tal– insiste ella. Madre soltera de un niño de 3 años, es perfeccionista y metódica. La melena le llega a la mitad de la espalda y lleva un collar de pequeños huesos blancos. También es sombrerera, pero con lo que realmente disfruta es con la parte puramente creativa, investigando las texturas y volúmenes que crean las plumas y jugando con los efectos ópticos que produce la luz sobre ellas.

Estamos en invierno. Sin embargo, hace un día de sol y nos sentamos en el porche de su casa en Fresnedillas de la Oliva, un tranquilo pueblo de la sierra de Guadarrama. A un lado de la puerta, junto a un toldo blanco y amarillo a rayas, hay una bicicleta sin pedales y un casco de niño de color rojo brillante. Henar ha crecido en el taller de su madre, entre fieltros, sombreros y tocados. Cuando tenía unos 8 años acompañó a mamá a la última tienda especializada en plumas de Madrid que estaba cerrando, y esa visita le marcó. La influencia del ambiente y del trabajo materno es evidente, aunque ella insiste en que le gusta lo que hace, y que tiene la constancia y la capacidad de intentarlo, a pesar de las dificultades: “Hay una clave que es la pasión. Cuando trabajas con la pasión suficiente, el trabajo llega, es una norma”.

Mientras habla, desde una esquina del porche nos observa un cráneo de un animal de cuernos enroscados y recubierto de brillantes plumas. “Es un carnero. Me lo trajo un amigo que se lo encontró en el campo”, me dice Henar. Con mucho trabajo, creatividad e imaginación ha ido desarrollando su faceta más decorativa en los últimos años y ha tenido algunas piezas expuestas en el Museo del Traje de Madrid.

Cabeza de carnero decorada con plumas, una de las piezas que forma parte de una serie de Henar llamada Bestiario. Foto: Rocío Periago

Cabeza de carnero decorada con plumas, una de las piezas que forma parte de una serie de Henar llamada Bestiario. Foto: Rocío Periago

–Hay un documental muy bonito que se llama Creer es Crear, y habla de que cuando trabajas con esa pasión, la magia sucede.

–¿Se puede vivir hoy de hacer sombreros y de trabajar con plumas?

–Es viable… vendiendo sombreros a plazos, contesta, con una ligera sonrisa.

En la estantería de su taller de trabajo hay libros en varios idiomas, de fotografía, de pájaros y de arte plumario en diferentes lugares de Latinoamérica. Un viejo artesano mexicano le dijo una vez que era amanteca, y ella cuenta esa anécdota, muy orgullosa de que su trabajo se vincule con este arte milenario. Originarios de la sociedad azteca, los amantecas son artesanos que trabajan formando imágenes con plumas pegadas sobre cera. La idea es que no se perciba que son plumas, y hay obras donde el engaño al ojo humano llega a ser total. Henar insiste varias veces en las diferencias de estos con los plumarejos, que son los que trabajan sin más con esta parte de las aves. Mientras me habla, con unas pinzas delicadamente va arrancando unas plumas de un óvalo de tonos color naranja y marrón. “Esta parte es la más difícil. Me he equivocado y tengo que volver a pegarlas para que quede la figura perfecta”, dice moviéndolas apenas unos milímetros.

Acaba de terminar Génesis, un enorme tapiz hecho de plumas de ánade real y que ahora decora el salón de una casa particular. En esa pieza, una a una, pegadas pacientemente, las plumas forman una figura de unos 2 metros de alto en tonos grises, plateados y que da la sensación de movimiento en función del ángulo desde donde se mire. Para hacerlo, Henar invirtió 9 meses de trabajo y cientos, miles, millones de plumas. “Perdí la cuenta, pero sí que te puedo decir que fueron muchas”.

Hace unos meses participó en un reportaje junto con otros jóvenes artesanos. “Guardianes de los viejos oficios”, decía el titular. Más bien son jóvenes que se han reinventado volviendo a las tradiciones. Sin límites geográficos y con una buena conexión a internet, es la forma de ganarse la vida de una generación marcada por la crisis.

Sombrero realizado por Henar, la base es de fieltro amarillo y la copa está decorada con plumas que asemejan llamas de fuego. Foto: Rocío Periago

Sombrero realizado por Henar, la base es de fieltro amarillo y la copa está decorada con plumas que asemejan llamas de fuego. Foto: Rocío Periago

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Paja: Del lat. palea. 1. f.

Caña de trigo, cebada, centeno y otras gramíneas, después de seca y separada del grano.

Misma realidad, distinto país. Antonio lleva ya varias semanas en el mecánico. Su motor no era tan bueno como decían y todos los kilómetros recorridos los últimos meses traen consecuencias. Antonio es una furgoneta Volkswagen blanca del 84, con la parte de atrás acondicionada y con techo abatible. Es parte del proyecto de Francesca, que está acondicionando para crear en él un laboratorio itinerante de creación de sombreros.

Esta joven italiana está acostumbrada a tener que emigrar para encontrar un trabajo, reinventándose para ganarse la vida como sea. Desde traerse muebles del sudeste asiático a trabajar como escaparatista de pequeños negocios. Los últimos 15 años ha vivido en diferentes ciudades, estudiando y trabajando. Después de una larga temporada en Londres, harta del clima y del estilo de vida que llevaba, volvió a su Cerdeña natal en busca de respuestas y con muchas ideas en la cabeza. “Pasé la nochevieja de 2015 en el aeropuerto, quería empezar el año desde el inicio, algo muy simbólico”. En su búsqueda de hacer algo vinculado a la naturaleza y la artesanía acabó en Madrid, haciendo un curso de sombrerería en el taller de Charo.

Francesca descansando, en la cabeza lleva un sombrero de paja de trigo decorado con flores. Foto: Rocío Periago

Francesca descansando, en la cabeza lleva un sombrero de paja de trigo decorado con flores. Foto: Rocío Periago

La vida en Cerdeña es tranquila y pausada. Esta mañana, aunque el cielo está despejado sopla el maestral, el viento de los pescadores. Localizada en medio del Mediterráneo, es una isla soleada donde el tiempo parece haberse detenido y el verano dura 8 meses. La idea de Francesca es hacer sombreros con materiales locales, tejiendo a mano paja y fibras vegetales, llevando a todas partes su laboratorio itinerante. Volvió de España cargada de ideas y ahora se dedica a visitar a productores locales que puedan suministrarle lo que ella necesita. “Quería trabajar con paja, pero la traía de Signa, un pueblo de la Toscana. Estoy buscando productores en Cerdeña que me puedan vender paja de aquí… y también está el cáñamo, una fibra vegetal muy versátil”. Mientras sus dedos se mueven ágilmente con una aguja y un ovillo, me va contando su filosofía de trabajo: “El trigo manda. Tú solo estás acompañando en un proceso, te estás relacionando con una materia que ya existe y tiene vida.”

Francesca es fibrosa, tiene la piel morena y luce varios tatuajes en su cuerpo. Tiene dibujados dos pequeños corazones en los dedos pulgares de cada mano. En el pulgar derecho el corazón está rellenado y en el izquierdo es solo la silueta. “Es el mismo tatuaje que tiene una amiga, nos lo hicimos hace muchos años las dos, cada una de nosotras en un sitio diferente”, me cuenta sonriendo mientras muestra los dedos, haciendo sonar las pulseras metálicas que lleva en el brazo.

El último sombrero que está haciendo es de ganchillo, tejiendo un hilo de cáñamo que ha tintado con curry y que le da un ligero tono amarillo. Sus modelos son básicos y simples. Más para ir a la playa que para una celebración, pero encajan con el espíritu de la isla. De momento trabaja por encargo: amigos, amigos de amigos, algún conocido y gente que ha visto en Instagram los sombreros y le piden uno. No es mucho, pero en unos meses ha conseguido poner en marcha un proyecto que ha llamado Pepe Bianco. Su idea es intentar vender la experiencia del Mediterráneo, vincularlo a las tradiciones, la cultura y el clima de la isla, con un proyecto que aunque aún no le da para vivir, más que un negocio es un estilo de vida. Es un proyecto a futuro, pero que en cierta manera le vincula a la tierra, a sus raíces.

Detalle de diferentes tipos de hilos hechos con la fibra del cáñamo. Foto: Rocío Periago

Detalle de diferentes tipos de hilos hechos con la fibra del cáñamo. Foto: Rocío Periago

–¿Cuál es mi propuesta? –duda al decirlo y se queda pensando unos instantes–, busco incluir a otros en el proyecto, porque yo no soy cultivadora, por eso quiero aprender de los demás.

En mitad de la isla, en un terreno rural rodeado de olivos, junto a una casa de campo que parece llevar muchos años abandonada, la Asociación Canaglia se dedica a cultivar cáñamo. El cáñamo es una variedad de la marihuana que no contiene THC, el compuesto psicoactivo, pero por lo demás la planta es prácticamente idéntica. Los miembros de la asociación me cuentan que durante los años 60 Italia era uno de los mayores productores mundiales de este producto, pero las presiones internacionales para reducir el consumo de drogas y el auge del petróleo –y las fibras derivadas- hicieron que decayera su cultivo. En este terreno puede haber unas 30 plantas que superan los 2 y 3 metros de altura, aunque dicen que la sequía ha pasado factura porque el año pasado tenían muchas más. Ahora están recogiendo las hojas y flores para llevarlas al secadero. Con ellas fabricarán aceites esenciales, jabones u otros cosméticos que luego venderán por mercadillos locales. Esta tarde Francesca quiere acercarse a hablar con ellos para contarles su proyecto y buscar posibles proveedores. Pacientemente, nos van enseñando el proceso. La caña es lo más laborioso de trabajar. Debe recogerse cuando está todavía flexible y dejarse macerar enterrada. Luego se corta y se limpia para sacar la fibra vegetal del interior en un trabajo que dura varios días. Esa es la fibra que utilizarán para fabricar papel o el hilo que ella va buscando.

Una vuelta a los orígenes. Pasado, presente y futuro de un oficio artesano que se sostiene y alimenta por mujeres que han apostado por rescatar las tradiciones. Un proyecto que cierra un ciclo, otro que está afianzándose y otro aún por nacer. Materiales naturales, populares, anacrónicos tal vez… pero que en manos de estas mujeres fomentan su creatividad y talento.

Las manos de Francesca tejiendo un sombrero con hilo de cáñamo teñido con curry. Foto: Rocío Periago

Las manos de Francesca tejiendo un sombrero con hilo de cáñamo teñido con curry. Foto: Rocío Periago

Pequeños proyectos cargados de vida, de conciencia social y de género. En el mundo de la sombrerería artesana hay algunos –escasos– hombres que se dedican a ello, pero la mayoría son mujeres. Sin embargo, hasta el siglo XVIII las mujeres no pudieron ser planchadora de sombreros, solo se admitía que fueran vendedoras de flores. Fue Rose Bertin, la sombrerera de la reina Maria Antonieta, la primera que rompió esa norma. “Hoy día los hombres que se dedican a esto son muy pocos”, cuenta Charo. “Hay algunos bastante conocidos en Inglaterra, pero en Francia y España prácticamente todas somos mujeres. No sabría decirte muy bien por qué”. Los motivos pueden ser diversos, pero hay una clara presencia del género femenino y una gran influencia social y cultural en un oficio que implica un trabajo minucioso, mucha creatividad y un trato directo con los clientes. Un aspecto a destacar es que aunque el sombrero masculino tiene su público, la clientela principalmente es femenina. También observar que los pocos hombres en este sector se encuentran mayoritariamente en los puestos de dirección, y que al igual que en el mundo de la moda, con frecuencia se da el perfil de diseñador hombre y homosexual.

En un mercado global donde las grandes multinacionales son las que dictan el camino a seguir, hay quienes apuestan por mantener vivos los oficios tradicionales como una manera de vivir contracorriente, pero a la vez recordándonos de dónde venimos y todo el cambio social que hemos experimentado. “Hay que volver a la tierra, a trabajar con las manos como lo hacían las abuelas”, dice Charo frecuentemente. Una pequeña revolución femenina de mujeres que con su trabajo consiguen ir más allá, no solo dándole voz y rostro a un oficio en vías de extinción, sino evitando que desaparezca ese vínculo con las raíces.

Se dice que antiguamente las sombrereras vestían de amarillo y verde e iban a pedirle a Santa Catalina que les diera un marido. Hoy han vuelto a celebrar a su patrona, pero lo que buscan es animar a la gente a que use sombrero. Volver a cubrirse la cabeza como forma de ir contracorriente, como un acto de rebeldía frente a las reglas impuestas por la sociedad.

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Sobre El Autor

Rocío Periago (España, 1986). Nació en una ciudad que tiembla cada cierto tiempo, y quizás esa es la razón de su espíritu inquieto y con tendencias nómadas. Interesada en el mundo social, busca contar historias que pongan el foco en las personas, especialmente esas que pasan más desapercibidas. Escribe en SOPLALEBECHE, un blog con nombre de viento y tiene la mala costumbre de hablar hasta con las piedras.

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