¿Cómo puede sobreponerse el ser humano al dolor? ¿De qué manera puede sublimarse la violencia en pro de la cimentación de paz? La masacre de El Salado (Colombia) fue perpetrada por paramilitares mientras todo el pueblo escuchaba la música que ellos habían elegido para matar. Años después, la reconstrucción del tejido sociocultural del pueblo pudo darse a partir de la música como eje central de reparación y consolidación de la memoria. 

El Salado es el lugar perfecto para superar el despecho.

Por sus silencios llenos de cantos de mochuelos, rebuznos de burro y cacareos de gallo. Por sus calles sin pavimentar, que combinan el sonido de los pasos al andar con el del baño matinal de los cerdos en el barro.

Por su tranquilidad, invadida de sonrisas familiares que sin mencionar una palabra siempre brindan un café.

Por la champeta, que se escucha encerrada en las carcajadas de los más jóvenes; aquellos que no nacieron ahí pero sienten y cuidan como propio ese “terruño querido”, expresión que les regalaron sus padres y abuelos.

El Salado es un lugar de valientes para valientes; “es un río en el que ni siquiera una piedra puede crear una ola tan grande que perturbe”, asegura Michell Arzuza Torres.

Michell vive en Cartagena, estudia Letras y es nieta de Luis “Lucho” Torres, líder comunitario y víctima de El Salado. Hoy tiene 21 años y, aunque de pequeña conoció el pueblo, solo hasta hace cinco pudo volver a disfrutar la tierra de sus ancestros (en 2007 se fue a vivir a España para acompañar a su abuelo en el exilio obligado en que lo dejó la guerra).

Desde ese primer reencuentro, siempre que Michell emprende el viaje de ingreso a El Salado aparece una serie de imágenes y sensaciones: los susurros del viento sobre la espalda al subir al mototaxi en la carretera principal; los árboles de las montañas que acompañan esa hora que dura el trayecto desde El Carmen de Bolivar; el pequeño cementerio a la izquierda, que anuncia que a pocos metros está el arco de enredaderas que encierra ese paraíso escondido. Los suspiros que se producen al final del camino. Imágenes y sensaciones que pueden ser reconocidas por todos los que alguna vez han hecho el mismo recorrido.

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Pero El Salado no siempre se caracterizó por esta calma.

Hubo una época en la que salían hasta doce camiones cargados del mejor tabaco de Bolívar: cultivado, enrollado y prensado justo ahí. Una época en que en las calles predominaban el vallenato, el porro y la cumbia, los tres al mismo tiempo en competencias de portón. Una época en que las vacas eran las reinas del pueblo, y dejaban su olor, su leche y su queso en cada esquina.

Una época que sonaba a campo, pero también a progreso, baile y festejo.

Esos recuerdos sonoros están vivos en el corazón de Lucho Torres y de su amigo de la infancia, Samuel Ortega: “cuando yo tenía ocho años lo que más sonido tenía era el ganado, porque dormía aquí en las calles y bramaba. Eran unas riquezas autóctonas que tenían los campesinos antes de venir la guerra”.

Ahora esos olores, esa bulla que para ellos era paz, solo están en la memoria; fueron cambiados por sonidos naturales un poco más prudentes y, en el interior de las casas, por géneros musicales un poco más foráneos. ¿Qué pasó, entonces, para que un pueblo del caribe colombiano cambiara la música por el silencio?

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En la plaza de mi pueblo confinaron mucha gente

Asesinaron mujeres, jóvenes y hasta dementes

En la plaza de mi pueblo confinaron mucha gente

Asesinaron mujeres, jóvenes y hasta dementes

Así empieza 18 de febrero. Una canción que Don Lucho, o Lucho como prefiere que lo llamen (“así no más, así simplemente”), escribió para que la música dejara de sonar a muerte. Para que los sobrevivientes a la masacre dejaran de asociar los tambores y las gaitas con los momentos que tuvieron que presenciar ese perturbador día del año 2000.

Ese viernes 18 de febrero, un poco antes de las nueve de la mañana, los saladeros escucharon la explosión de una casa y con ella el inicio de los gritos paramilitares que les sugerían su muerte. Mientras unos victimarios tumbaban a patadas las puertas de las viviendas, y obligaban a los habitantes a dirigirse a la plaza del pueblo, otros sacaban los instrumentos de la Casa de la Cultura.

Fue así como todo cambió. Los paramilitares invadieron la Historia de este pueblo: “es una fecha imborrable para todos y cada uno de los saladeros, es el día donde masacraron, ahí en la plaza pública, a 38 personas con música, festejando la muerte de cada uno”, cuenta Lucho respecto a la fecha.

En el caribe el sol nace temprano y se muere tarde. Esa inyección de vida es la que muchos relacionan con la sangre musical que tanto lo caracteriza. Por eso el accionar paramilitar en El Salado produjo la transformación de la forma de vida y los sonidos diarios, porque profanó lo sagrado del territorio: la música. Así lo asegura Soraya Bayuelo, periodista y víctima de El Carmen de Bolívar:

“Ellos se valieron de su perversidad para vulnerar esa esencia de la música. Ellos sí sabían que pegarle al corazón del pueblo iba a ser más doloroso, más contundente ese recuerdo y esa memoria de cuando escucharan un tambor”.

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Esos crímenes horrendos son de lesa humanidad

El gobierno es responsable por tanta desigualdad

La gente corría asustada pidiendo seguridad

Los niños pedían llorando paz con solidaridad

Los crímenes paramilitares en los Montes de María (región a la que pertenece el corregimiento de El Salado) se caracterizaron por utilizar los símbolos culturales en las torturas y por reunir a los habitantes en las plazas para acorralarlos. “La mayoría de los crímenes son ejecutados en la plaza pública con la intención manifiesta de que todos vean, todos escuchen, todos sepan, todos sean en últimas “castigados” por sus presuntas complicidades,” asegura el informe de Memoria Histórica La Masacre de El Salado: esa guerra no era nuestra.

Los quince municipios de la región fueron punto de disputa entre el ejército, los paramilitares y la guerrilla por su posición estratégica. Por sus colinas y valles, que funcionaban como refugio, y por la construcción de la Troncal de Occidente, corredor vial indispensable para la movilización en el Caribe. Los enfrentamientos entre los grupos armados atraparon a los campesinos en medio del conflicto. En su máxima expansión, la región se convirtió en una hoguera y los inocentes en objetivos de guerra.

El uso de la música en la masacre de El Salado fue otra forma de someter y marcar, una estrategia a largo plazo para aparentar omnipotencia e incrementar el dolor y el miedo posterior. Así lo analiza el mismo informe: “La conversión de los sobrevivientes en espectadores es la prolongación de los vejámenes sufridos (…) el sometimiento y la marca del pueblo individual es asimismo el sometimiento y la marca del pueblo social”.

Del tabaco, de la perfecta combinación del vallenato, el porro y la cumbia en las calles, del ganado… no quedó nada. El efecto de esas nueve horas de amenaza en la plaza principal fue inmediato. Luego de la masacre, El Salado se convirtió en un pueblo fantasma. La plaza funcionaba también como cancha de fútbol ¿cómo volver a jugar?. Una plaza custodiada, a veinte metros, por una iglesia amarilla ¿cómo volver a creer?—. Al día siguiente, la evacuación fue masiva y el destierro se convirtió en la huella más duradera del miedo. En un solo día un pueblo pasó de 7.000 habitantes a 0.

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Y que se pare el conflicto pa’ la guerra terminar

Esta guerra es inhumana, ya no se puede aguantar

Si esta vaina no se para El Salao’ se va acabar

Si esta vaina no se para, ¿dónde iremos a parar?

Al igual que su gran amigo, Samuel Ortega también canta. La diferencia es que Ortega lo hace desde que tiene memoria, es en ese baúl de los recuerdos donde guarda todas sus canciones. No sabe escribir ni leer, pero nunca ha olvidado las décimas que ha hecho. Es empírico y canta porque es el talento el que le da la fuerza para levantarse todos los días. En sus sesenta y seis años solo ha habido una oportunidad en que la música no ha sido su mayor pasión: la masacre. “En ese momento la música no, todo el mundo andaba era huyendo y a las víctimas no nos servía de nada”.

Y así como lo sintió el hombre más musical del pueblo, lo sintieron todos los saladeros. La música se apagó; estaban indefensos en su tierra y quedarían olvidados en el mundo. No más alegrías, no más bailes, no más fiestas. No más campo. Para alejarse de la barbarie necesitaban desplazarse a las ciudades principales: Sincelejo, Cartagena o Barranquilla. Todos los 2.677 km² que conforman los Montes de María estaban invadidos por los actores de la guerra.

Para Lucho, ese movimiento es parte fundamental de la violencia que les tocó vivir a los saladeros. “La guerra quiso desculturizarnos. No es lo mismo vivir en una tierra fértil a sembrar una semilla en una mole de cemento. El campesino es dado a ser sano por naturaleza y en las grandes ciudades ese ambiente malsano prostituye y contamina. Eso quiso hacer la guerra con la población campesina”.

Por largos momentos la gente se olvidó de esa cultura que sentían tan propia, de la música y la agricultura. El conflicto, sin dudarlo, fue una ruptura.

Ilustración: Héctor Fabián Rodríguez.

El 18 de febrero no lo vamos a olvidar

Para que pase a la historia y por siempre recordar

Para que pase a la historia vamos a conmemorar

Para que pase a la historia, el pueblo vamos a marchar

El silencio duró dos años. Para Soraya fue “como si la guerra hubiera hecho un paréntesis profundo, oscuro, de dolor, que no nos dejaba mirar ni acercar al otro, entonces ese pegamento que en otrora nos conecta, se quedó en estático”.

Lucho y Samuel coinciden en que “el hombre que aspira tesoro debe tratar de conseguirlo en el patio de su casa” y en sus años de desplazamiento lucharon por volver a la tierra que los vio nacer, en donde se enamoraron y criaron a sus hijos. Aunque callaron los redobles, no callaron sus voces.

Pensar en volver era una idea llena de incertidumbre, y muy pocos se atrevieron a intentarlo. Durante meses hablaron con el gobierno y las autoridades en búsqueda de apoyo para el regreso, pero con las condiciones del camino y la presencia de los paramilitares y la guerrilla en el territorio no consiguieron garantías.

Lucho lideró lo que después se conocería como El Retorno. Una resistencia civil de noventa y dos hombres y ocho mujeres que no derramó una sola gota de sangre para recuperar su tierra. Volver a su hogar les tomó un trayecto de 10 horas abriendo trocha, quitando matorrales con machetes.

“Pensé que si un 18 de febrero salimos de aquí en estampida, huyéndole a la muerte, un 18 de febrero teníamos que llegar aquí, entrar con una bandera blanca a plantarla en ese parque como símbolo de vida y de esperanza. Para reafirmarnos y reasentarnos nuevamente”.

Si marchando llegaron sus victimarios, marchando las víctimas recuperarían su tierra. Si con música los atacaron, con música recobrarían la energía del pueblo.

En El Retorno, la música se convirtió en el catalizador de la fuerza, la unión y la reconstrucción. Cantando escribirían su parte de la Historia.

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Bienvenidos al Salao’

todo el que piensa en la paz y al que le gusta cantar,

pues que se venga conmigo, yo quiero que seas mi amigo,

algo te quiero enseñar

     La canción Bienvenidos a El Salado es la apuesta histórica de Samuel, el mecanismo de resistencia que lo ayudó a construir una puerta para el perdón pero sin dejar entrar el olvido. Fue su forma, “no habiendo otros medios, de cantarle a los momentos difíciles”, porque algo que sí tienen claro todos los montemarianos es que la música sana, la música es vida. Después de dos años de miedo y silencio, en El Salado la música calló los fusiles.

A los tres días de haber llegado en la movilización de El Retorno, un amigo les envío desde El Carmen de Bolívar una botella de ron Tres Esquinas. No había nada, el pueblo estaba desolado. Las casas todavía tenían las marcas de los impactos de bala, la tierra estaba fría por el abandono, pero ese montoncito de arena en el que se reunieron fue suficiente para recordar esos momentos de las fiestas patronales.

“El ron trastorna la mente y te hace recordar, entonces nos fuimos a cantar, ya con tragos en la cabeza, nos poníamos a cantar pero siempre recordando las cuestiones de guerra, teníamos la guerra encima”, dice Samuel entre risas, recordando esas primeras noches en las que volvió a gozar en su tierra del alma.  “Cantábamos y les dábamos ánimo a los demás compañeros, dándoles a entender que los hombres siempre hemos tenido que ser resistentes. Entre más resistente es el hombre, más historia deja”.

Esas canciones son un reflejo y una enseñanza de la memoria de cada uno de los saladeros. El Retorno le permitió a El Salado reconstruirse emocionalmente, porque unirse al son de una canción les devolvió la fuerza, la alegría… les devolvió su campo. Después de ser un recuerdo de atrocidad y tristeza, la música volvió y tomó forma de guerrero cantaor.

Soraya cree en la comunicación transformadora, en ese poder del arte de ser parte fundamental de los procesos de superación de la guerra. “Qué va a venir ningún paramilitar, ni ningún guerrillero a quitarnos eso, ni después de muertos. Ni ninguno de los actores del conflicto, ni los politiqueros. Nadie nos puede quitar el alma del pueblo cuando una canción nos conecta. Ese canto, luego que pasa la guerra, se convierte en un motor de resistencia para el espíritu”.

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Aquí hubieron muchos muertos

que hasta perdimos la cuenta

Algunos dicen que cien, otros que ciento cincuenta

Algunos dicen que cien, otros que ciento cincuenta

Lucho se levanta todos los días a las 6:00 a.m. y emprende el camino hasta su parcela, once hectáreas que recibió por una herencia de su padre (seis de ellas se las compró a cuotas a uno de sus hermanos). Llegar le toma veinticinco minutos de recorrido en caballo. Los saladeros que tienen tierras las tienen apartadas de su casa, por eso en el pueblo ya no se pasean las vacas.

Muy pocos conocen la ubicación de la finca. Puede ser porque Lucho sabe que “las vacas no le dan leche a cualquiera”, o porque es el único lugar en donde puede olvidar los malos momentos y anhelar esos tiempos en los que El Salado era autosostenible y sonaba a vida propia.

Él es de los pocos saladeros que tiene tierra. Muchos de sus vecinos vendieron sus hectáreas después de la guerra, “por miedo, a precio de huevo, a los acaparadores de tierras que todavía están por aquí”. Grandes empresas que construyeron una fachada para “ayudar” a los campesinos de la zona. Y con la Ley de Restitución de Tierras solo el 20 % de los saladeros ha recuperado una parte de lo que tenían antes.

Cuando no sé queda todo el día, Lucho vuelve a su casa a las 10:00 a.m., se toma un café con leche y se come los huevos pericos con guineo (plátano) que le prepara Dilia Redondo, su esposa. Una mujer que ama con locura desde que jugaban pequeños, hace sesenta y un años.

Luego del desayuno, le gusta salir a caminar descalzo y visitar su casa paterna, las casas de sus primos y sus amigos de infancia. Visualizar, cada vez que entra a esas paredes dañadas por la humedad, dónde quedaban las camas, de quién era cada cuarto y cómo se llamaban de patio a patio. Esas casas que antes estaban llenas de gente, hoy están abandonadas.

“No somos todos los que estábamos. Estamos diciéndole a la inmensa mayoría que vive afuera que se atrevan a hacer lo mismo que hicimos nosotros. Que aquí se vive y se da vida, y que es el hábitat natural del campesino para poder ser noble y feliz”.

Samuel vive en una casa rosada, con uno de sus hijos y un burro. Tiene una pequeña silla mecedora afuera, en la que se sienta en las noches a cantar, echar ron y hablar con visitantes y amigos. Su esposa no ha querido volver, cuando la quiere ver viaja hasta Cartagena, pero lo hace muy poco. Es casi como si El Salado fuera su querida.

“Hay gente todavía psicosiada y no se atreven… esas alegrías se les terminaron porque vivieron eso. A excepción de otras personas que sabemos que la vida es transitoria.”

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No los vamos a cobrar

porque ellos no tienen precio

Solo queremos la paz y que nos llegue el progreso

Solo queremos la paz y que nos llegue el progreso

La música volvió pero cambió, al igual que ellos. De los 7000 habitantes que había antes de la masacre, solo han retornado 900 y muchos de ellos se fueron cuando tenían diez años. Esos adultos que llegaron tienen otras costumbres, son más hijos de ciudad que de campo, porque en las selvas de cemento, como lo dijo Lucho, no se aprende a cultivar. Esas experiencias también cambiaron los sonidos.

Antes los campesinos le cantaban a su tierra, a la mierda de vaca que pisaban en las calles, al emporio tabacalero en el que se estaban convirtiendo, al mochuelo y a la mujer. “Ahora suena más una música que no es muy agradable al oído de los mayores. Mientras los mayores vemos a un joven por ahí bailando con unos cositos en las orejas, nosotros no sabemos ni que están oyendo.”

Samuel es de los que cree que el éxodo afectó las raíces musicales del pueblo, al punto de que ya los jóvenes ni siquiera son capaces de aplaudirle una décima, esa música ancestral de diez versos de la que nace el vallenato.

Pero para Lucho, los hijos de El Retorno, como los llama, han traído juventud, sueños y esperanza, tienen una sed de progreso que corre por sus venas. No es amante de la champeta, prefiere más un vallenato, un merengue e, incluso, un bolero, pero se alegra cada vez que escucha a la banda juvenil del pueblo practicar música en la Casa de la Cultura. Un espacio que también requirió de reconstrucción y reapropiación desde la masacre, y que hoy es pieza fundamental en el fortalecimiento del tejido social y en la educación para la memoria.

“La música es vida, la música es paz, esperanza, es alegría.”

Michell está en medio de esas dos generaciones: la de su abuelo que anhela los sonidos anteriores y la de los niños que crecieron en los centros urbanos cercanos y no tienen esa relación tan fuerte con el campo y la naturaleza. Para ella, esos nuevos sonidos le han dado fuerza a la infancia y a la juventud para cambiar las cosas.

Y en eso concuerda Soraya: “Que los jóvenes estén cantando otras músicas, no quiere decir que hayan dejado la esencia musical, ancestral o del territorio. Esos ensambles pueden dar fe de que la música conecta, enreda, abraza, transforma.”

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Por eso a nuestros hermanos

que Dios los lleve en la Gloria

Nosotros desde El Salado

cantamos a su memoria

El Salado es el lugar perfecto para superar el despecho.

Porque no hay nada más vivo y natural que lo que encuentras en sus calles, en su gente, en sus historias. Porque ahora su música te canta algo mucho más que baile.

Porque desayunas guineo, almuerzas guineo, comes guineo. Un viaje constante entre lo dulce y lo salado que, como su nombre lo indica (Musa × paradisiaca), alimenta el cuerpo de una inspiración diaria.

Porque en el día caminas bajo el sol, y en la noche duermes con la lluvia.

Porque con solo un día recorriéndolo, al siguiente ya te llamarán por tu nombre. Nunca serás un extraño. Porque siempre habrá alguien que tendrá algo para contarte. Porque siempre habrá alguien que ha llegado para ayudar pero necesita más manos.

“Porque es real. Lo puedes tocar, lo puedes sentir. Por eso cuando vas a desentusarte allá, lo consigues, porque estás viviendo algo de verdad. No la distracción absurda que tienes acá. Allá está el árbol, la gente que trabaja y te saluda todos los días. Eso es más real que ir en el Transcaribe o en el Transmilenio,” afirma Michell desde el amor a su hogar y desde la experiencia.

El Salado tiene la capacidad de perdón de sus habitantes, la fuerza de lucha de los más viejos, la alegría y progreso de los más jóvenes… las ganas de reconstruirse desde cero. Tiene la música como poder de resistencia.

El Salado tiene ese magnífico poder curativo de las cosas naturales.

Ilustración: Héctor Fabián Rodríguez.

Ilustración: Héctor Fabián Rodríguez.

 

Sobre El Autor

Gabriela Gómez Alonso

Gabriela Gómez Alonso (Bogotá, 1993) Ornitofóbica. Amante de los zapatos, la salsa y el punk. Sol en virgo, ascendente en aries y luna en libra. Sapiosexual. Cree que todo buen escritor debe ser primero un buen lector. Estudió Literatura con el deseo de dedicarse a escribir periodismo, aunque todavía no ha podido olvidar a Derrida.

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