Una  muy  pequeña porción de los migrantes latinoamericanos delinquen. ¿Quiénes son los que sí emigran para transformarse en rateros profesionales? Nahuel Gallota viajó a Houston y convivió con un grupo organizado. Una muy pequeña parte que no representa al todo pero afecta su reputación, que sirve en bandeja argumentos a los xenófobos. Una muy pequeña parte que vive el robo como una profesión.

Esta nota forma parte de un intercambio entre Late y VICE.

Elías espera en la zona de arribos del aeropuerto intercontinental George Bush, de Houston, a metros de la cinta de recogida de equipajes. Lleva puesta una gorrita y está apoyado sobre una columna cercana a la puerta corrediza de salida. Han pasado pocos minutos desde la medianoche de un jueves y Elías muestra un cartel entre sus manos. Es un rectángulo blanco que, en letras mayúsculas, negras, escritas con marcador, tiene mi nombre. Elías parece un chofer protocolar, de los que esperan pasajeros recién aterrizados. Parece. Parece, pero no. Aunque tampoco parece lo que es.

Es noviembre de 2014, y días atrás, Elías había visto una de mis fotos; él, en cambio, esquivaba enviarme alguna suya. Me la había pedido por un email que creó sólo para hablar conmigo, con otro nombre, y me dijo que con eso alcanzaría para que nos encontráramos.

—¿Nahuel? –me dice.

—Sí. ¿Cómo está, socio? —le respondo, extendiéndole la mano para saludarlo.

—Bien. ¿Cómo fue ese viaje?

—En Phoenix una policía me hizo muchas preguntas. Me puse nervioso, pero fueron unos minutos y me dejaron seguir la escala.

—Pues claro. El que no estuvo nervioso en un aeropuerto es porque nunca viajó.

Es extraño llamarlo Elías. En esta ocasión no me toca cambiar el nombre del protagonista de mi historia. Él ya lo hizo. Ese fue el pacto. Me recibiría en Estados Unidos, me contaría sus andanzas por el mundo como ladrón internacional, pasaría cuatro días con él y podría preguntar lo que quisiera, pero nunca sabría su verdadero nombre. Teníamos un conocido en común en Bogotá. Él nos había puesto en contacto a partir de mi interés por las historias de ladrones colombianos internacionales a cambio de lo de siempre: no publicar su verdadera identidad.

Elías se ofrece a llevarme el bolso y salimos del aeropuerto. Lleva un Bluetooth en su oreja y comienza a hablar. “Sí, está acá, conmigo”, dice. Pienso que se comunica con un chofer que pasará a buscarnos o que lo trajo y se quedó esperándonos. Caminamos hacia un auto con el baúl abierto. El conductor me abre la puerta, toma mi mochila y el bolso que traía Elías y los coloca atrás.

En el trayecto, Elías me presenta a su compañero, el mismo que yo creía que era un chofer. Me dice que se llama Leandro y que lleva años en Estados Unidos, a diferencia de Elías, que llegó hace meses.

La ciudad está casi desierta. Las casas son todas muy parecidas. Las típicas casas norteamericanas: blancas o de colores claros, un jardín como entrada, el pasto bien cortado, siete u ocho escalones y la puerta. Como es uno de los últimos días de octubre, todas están decoradas por Halloween. Digo que la ciudad está casi desierta porque en las esquinas hay grupos de negros que conversan parados. Pregunto quiénes son.

—Son gangeros—me explica Elías, queriendo decir pandilleros—. Son unos estúpidos, como los ladrones inmaduros. Ponen en peligro sus vidas por alardear frente a los demás: “Oye, hoy atraqué a tantos; hoy le disparé a fulano”. Eso no es orgullo.

—¿Y para ustedes robar en Estados Unidos es un orgullo?

—Estados Unidos es la meca de los internacionales. Es nuestro sueño. Pero no nos da orgullo decir que somos ladrones y que viajamos por el mundo. Nos enorgullece el hecho de que hacemos esto para sacar adelante a la familia y que nos arriesgamos mucho por ello. Sufrimos, robamos, vamos presos. Pero por una buena causa.

—¿Y vale la pena estar lejos?

—En Estados Unidos te puedes ganar diez mil dólares en un día. ¿Cuándo te vas a ganar eso en Colombia? Ni comprando los números de todas las loterías del país.

Mientras buscamos un hotel para mí, Elías enuncia su hoja de vida como ladrón internacional: dice que antes estuvo en Nueva York y Virginia; en Ecuador le robó el portátil a un artista reconocido mundialmente y en Bogotá, las maletas a un salsero famoso; no aceptó las invitaciones de otros compatriotas para robar en Sudáfrica, Egipto y Tailandia porque dice que allí las cárceles son calientes; cuando estuvo en Argentina pensó en cruzar a Islas Malvinas para robar libras esterlinas; pagó cárcel en Ecuador y en Costa Rica; robó en México, Venezuela, Perú, Panamá y también en Europa (Portugal, España, Italia, Inglaterra, Alemania y Bélgica); le quedan 22 días de permiso como turista en Estados Unidos y está pensando en su próximo destino.

Nos detenemos en un hotel que parece un motel. Eso por las letras luminosas del cartel y por las entradas: una principal, para autos, y una a un costado, pegada a una máquina de gaseosas, que es un acceso peatonal. Leandro baja. Es el único de los tres que sabe inglés. Lleva más de 15 años en Estados Unidos y aprendió el idioma en la cárcel. Sigue aquí porque tiene una falsa identidad. Sus documentos dicen que es puertorriqueño. Es más colombiano que el Pibe.

El encargado nos guía: hay que subir la escalera y doblar a la izquierda hasta la tercera puerta. Nos abre. Es la habitación 221; cuesta 50 dólares la noche. El recepcionista es de Pakistán. Cuando nos muestra que la televisión funciona, Leandro le pregunta si capta el canal de pornografía. El paquistaní no entiende y Leandro le hace señas, como si tuviera a una mujer de espaldas, agachada. Sí, funciona, es el canal 4. El paquistaní se va. Elías y Leandro se sientan en los sillones de la habitación y me piden el portátil para conectarlo y mostrarme videos de la actriz porno Esperanza Gómez, de la que me venían hablando en el viaje. Es la una y media de la madrugada y más tarde, desde las ocho, al igual que todas las mañanas, había “cosas para hacer”, como dicen siempre. “Cosas para hacer” significa ingresar a un evento —que puede ser la presentación de un producto o una conferencia donde haya mucha gente— y traerse cámaras digitales, computadoras y maletines sin que las víctimas lo noten. En Colombia, esa especialidad es conocida como escapismo.

Antes de irse me dejan sus números de teléfono. Quedamos de vernos en la tarde, cuando ya no haya más chances de robar en el día. Recién ahí podrán dedicarme su tiempo. Insisten en robar diariamente, a toda hora, porque dicen que sólo necesitan “cinco minutos de azar” para hacerse millonarios.

Ilustración: Sara Pachón

Ilustración: Sara Pachón

En los barrios populares de Colombia —en especial de Bogotá—, a los ladrones como Elías los llaman internacionales. Según la leyenda, todo comenzó un domingo a finales de los cincuenta en una cancha de fútbol del centro de Bogotá, cuando un hombre se acercó para sumarse al partido que jugaban algunos delincuentes de los barrios Las Brisas, Las Cruces y Girardot.

—¡Los rayas lo están buscando a usted! Váyase del barrio— le advirtieron en la canchita apenas lo vieron.

Se les decía “los rayas”, pero el nombre oficial era F2, el oscuro grupo de inteligencia de la Policía Nacional de la época. Se decía que los agentes subían a los muchachos y ya nadie volvía a verlos. O que pasaban en un auto “rociando” con balas las esquinas donde paraban los ladroncitos. Por eso se les temía tanto. Hacía pocos días que ese tipo, oriundo de Las Brisas, había asesinado a otro a puñaladas porque le había insultado a su madre. Al igual que la gran mayoría de sus colegas, se dedicaba al robo de relojes en pleno centro de la ciudad.

Cuando regresó a la casa, sus familiares —ya enterados— también le aconsejaron desaparecer por un tiempo; la sugerencia fue viajar a Nueva York y esconderse por unos meses.

A la semana, andaba por Estados Unidos como un turista más. Una tarde cualquiera, caminando por la zona de joyerías de la Quinta Avenida, vio una maleta que le gustó. La llevaba un joyero que, como muchos de los que andaban por allí, buscaba comprar diamantes para luego revender. No estaba allí con el propósito de robar pero la quería para él, por puro vicio, por puro gusto, por pura manía, para guardar allí sus cosas en su regreso a Bogotá.

En pocos segundos se la ganó de descuido, sin que el joyero lo notara. Regresó al hotel y la abrió para ver cuántas cosas cabrían adentro. En esa maleta —cuentan los internacionales más grandes, los que escucharon la leyenda y la difundieron—había miles de dólares. Le había tocado la suerte del ladrón. Robar sin jamás imaginarse que se ganaría una buena plata.

Al día siguiente el tipo se comunicó con sus compañeros de Bogotá.

—¿Cómo está todo por allá? —les preguntó.
—Pobres, como siempre.
—Pues vénganse, que aquí está la plata. Yo les envío el dinero para que compren los pasajes y me lo devuelven con lo que hagamos en los primeros robos.

Así, de casualidad, o como si el destino estuviera marcado, los jóvenes que robaban relojes en el centro de Bogotá pasaron a asaltar a los joyeros judíos que caminaban por la Quinta Avenida. Con esa primera banda de colombianos instalada en Nueva York, los ladrones “nacionales” escucharon las historias de los ladrones “internacionales”, y la delincuencia bogotana comenzó a soñar con continuar su carrera en el exterior. En sus metas, viajar pasó a ser la prioridad. Y comenzaron a robar más que antes, para sacar el pasaje y tener con qué moverse tranquilos antes de su primera fechoría internacional.

Cada vez que los internacionales regresaban a sus barrios con sus cadenas de oro, pilas de ropa de moda y dólares para comprarse una casa fuera del barrio, el resto de los ladrones se convencía: ¿para qué quedarse en Bogotá si en otro rincón del mundo rendía mucho más? Robar, por primera vez, cambiaba vidas, permitía acceder a lujos. Los ejemplos sobraban y estaban a la vuelta de la esquina. La plata estaba en EE.UU.

Primero viajaron los “escapistas” y luego los “lanzas”: hombres y mujeres que subían a los buses o el metro a robar billeteras, sin violencia. También lo hacían en zonas turísticas. Al tiempo se sumaron los “apartamenteros”, que con un destornillador largo —al que hoy denominan “taco”— abrían la puerta de cualquier casa. Estos últimos optaron por Europa —en un principio Suiza, Dinamarca y Suecia— ya que en Estados Unidos el ciudadano común guardaba sus ahorros en el banco.

💰💰💰

Elías y Leandro golpean y entran a la habitación del hotel diciendo que no pudieron robar una moneda y que están dispuestos a llevarme al gimnasio de boxeo donde tengo que hacer unas entrevistas para otro trabajo. Elías parece otro: lleva una camisa a cuadros arremangada adentro de un pantalón beige y unas botas de gamuza. También se puso unos lentes oscuros y lleva el Bluetooth en la oreja. Está peinado. A diferencia de anoche, que tenía una gorra, se hizo la raya al costado.

Elías, arriba del auto de Leandro, camino al gimnasio, se pone a contar su historia. Creció en los setenta en un barrio emblemático para los internacionales. El tío que lo crió es internacional, pero él, de adolescente, decía que no quería saber nada de atracos. Terminó bachillerato, prestó servicio en el Ejército y comenzó a trabajar en Bogotá con un ingeniero. Elías tenía 19 años, una mujer, dos hijos. Era técnico en cableado estructurado de redes para sistemas. Un día cualquiera, su jefe le propuso viajar a Ecuador. El trabajo consistía en hacer instalaciones en unos apartamentos durante al menos un año. Aceptó. A los tres meses de trabajo, al despedirse luego de una jornada laboral, el jefe le dijo:

—Voy a dejarlo de encargado del edificio. Tengo que ir a Colombia por tres días. Dejo su pago y mi confianza en usted. El jefe nunca regresó. Y como el dinero que venía cobrando lo enviaba todos los meses a su casa, no le quedaron ahorros para volver a Bogotá. En la obra nadie quiso hacerse cargo de su sueldo y a los días se quedó sin trabajo y sin dinero. También debió haberse quedado sin la habitación del hotel. Pero ahí, en las piezas vecinas, había una banda de internacionales. Eran oriundos de un barrio vecino al suyo. Llegaron a pagarle hasta un mes completo de hotel.

Cada fin de semana salía a las discotecas y cabarets con ellos. Si ellos robaban bien, él vivía bien y lo llevaban a comer a restaurantes. Y cuando traían ropa, se la ofrecían. Elías decía que era mucho, que no hacía falta tanta amabilidad. “No, todo bien, chino, todo bien. Lo dejaron tirado y vamos a ayudarlo”, le respondían. Elías se la pasaba buscando empleo en las obras, pero le decían que no tenían modo de comprobar su experiencia anterior. Así pasaron tres meses.

—Yo conocía internacionales porque me crié en el barrio más famoso del mundo —dice Elías y se da vuelta para mirarme desde el puesto del acompañante—. Me hice adolescente viendo todo lo que ellos tenían: buenas casas, dinero, carros, mujeres. Pero no quería ser como ellos. Había terminado el bachillerato para salir adelante; quería estudiar una carrera. Fui papá y tuve que ponerme a trabajar. Pero la vida me demostró por primera vez que las cosas se dan por circunstancias y no por planes.

Y las circunstancias estaban dadas. Una mañana, Elías tomaba su segundo café del desayuno gratis en el patio del hotel cuando vio entrar corriendo a un internacional. Estaba agitado, casi que no podía hablar.

—¿Qué le pasó, chino? —quiso saber Elías.

—Nos agarró la Policía y se cayeron todos; yo fui el único que me volé. ¿Qué hago ahora?

Elías no hablaba. O no decía nada, que no es lo mismo. Porque hablar, hablaba; por dentro. Le faltaba decirlo. Decir lo que estaba pensando. Lo que venía pensando hacía un tiempo. Era el momento oportuno. Las circunstancias, como recuerda, estaban dadas.

—¿Qué hace ahora…? —dijo Elías, como preparándose. Hasta que se animó:

—Salgamos a robar…

—¿Con usted?, ¿se va a animar a robar? —retrucó el internacional.

—Mi hermano, estoy tan desesperado… necesito plata para solucionar mi situación.

—De una, no se habla más. Si usted es serio mañana nos vemos aquí en el patio del hotel a las 6:30 a.m. Arréglese bien. Al otro día entraron a una sucursal de la pinturería más famosa del país en el centro de Quito. El hombre entretuvo a un cliente y le hizo señas a Elías, que tomó el maletín y salió caminando.

—Chino, corra que se dieron cuenta —le gritó en la puerta. Corrieron hasta perderse, frenaron en un bar, pidieron algo, abrieron el maletín y contaron 1.600 dólares. Cuando recibió sus 800, Elías preguntó si todo eso era para él.

—Sí, se trabaja en partes iguales. Debo decirle algo: no se tiene que quedar así —le recriminó el man repasando el hecho.

—Es que yo no sé robar…—le respondió con vergüenza.

—Bueno, ya aprenderá. Hoy salió ligado. No gaste mucho porque no todos los días va a ganar lo mismo.

Mandó 500 dólares a Bogotá y se quedó con el resto. Todo salió a la perfección. Sólo hubo un problema: le gustó. Al día siguiente estuvo otra vez a las 6:30 a.m., en el patio del hotel, bien arreglado. Y le volvió a gustar.

Casi 20 años después de ese día y gracias a los robos, Elías pudo ver a Lionel Messi desde una platea del Camp Nou en Barcelona. Se bañó en las playas de Cancún. Comió en un restaurante en Gales donde le cocinaron pastas al lado de la mesa, y pizzas en Spontini, la pizzería más famosa de Milán. Bebió botellas de ron con sus socios viendo bailar a las mejores mujeres del mundo en el cabaret La Gata Rosada, en Dusseldorf, Alemania. Compró ropa y regalos en las tiendas del Harrods, de Londres. Construyó su casa, invirtió en comercios que administra su mujer y en la educación de sus hijos: los envió a escuelas y universidades privadas.

—El trabajo me fue gustando: es plata fácil, te da acceso a todo. Vívíamos bien, mi esposa, mis hijos, yo. Hasta que caí preso.

—¿En Quito?

—A los cuatro meses de mi primer robo. Estuve tres meses y 22 días. Esos ecuatorianos lo detestan a uno. Robar en Quito era duro: a un compatriota lo amarraron a un palo de luz para golpearlo entre todos. A otro lo quemaron.

Elías habla y habla; aún nos falta para llegar al gimnasio de boxeo. Para lo único que se detiene es para darle indicaciones a Leandro, siempre desde el GPS de su celular. O para dejar que Leandro hable. Aunque Leandro no habla, grita. Como recién, que vio a una mujer hermosa de la mano de un hombre y abrió la ventanilla y le gritó “chau, cuñado”. Elías se ríe, pero continúa con su historia. Y también cuenta las malas. Porque no siempre hubo lujos en los viajes. En México le tocó dormir en las estaciones de tren de D.F.; lo mismo en Roma. En Argentina, cuando no había dinero, vivió en algunos moteles, al lado de las habitaciones ocupadas por parejas ocasionales. También conoció la prisión en Costa Rica. Pero allí fueron pocos días.

Ilustración: Sara Pachón

Ilustración: Sara Pachón

—¿Cuándo fue el día más feliz de su vida?

—Yo diría que no fue un día; que fue una semana. Fue después de mi primer viaje a Europa. Regresé a Bogotá y arrendé un bus y junté a toda mi familia. Éramos 27. Había elegido una finca con piscina. Contraté a una cocinera y a una muchacha de limpieza para que mi mamá no trabajara. Me acuerdo de que el primer día reuní a todos los chinos: entre mis hijos y mis sobrinos eran 13. Cruzamos a la tienda y me presenté ante la dueña. Le pedí que los mirara bien y que les diera todo lo que pidieran, que cada noche iría a cancelar.

Elías termina la frase y calla. Como si recordara el momento. Como si estuviera viendo la imagen otra vez: su familia entera, por primera vez y gracias a sus robos, pasándola bacano. Hay silencio en el auto. No se escuchan ni las canciones latinas de la radio. Por eso Leandro comienza con sus inicios como ladrón, sin que yo le pregunte nada.

—Yo robo desde los siete años —dice—. Mi papá era alcohólico, no trabajaba y me mandaba a la feria de la plaza a robar papas para la comida de la noche. Al tiempo, entendí que los dueños de las tiendas sabían que les robaba, pero como entendían que era para la comida me dejaban ir sin decirme nada.

De las papas pasó a los relojes en el centro de Bogotá. Los vendía y se tomaba unas cervezas con unas pastillas. El resto para la casa. Sabía que cada reloj le representaba dos días de comida para la familia. Si lo paraba la Policía, entregaba un reloj y seguía trabajando.

—Olía pegante, y como que se me subía la bilirrubina y robaba. Robaba mucho. A veces me ponía violento.

Y de los relojes pasó a los aros y cadenitas en el norte de la ciudad. “Uno iba para cruzarse con muchos ricachones”, recuerda. Ya de adolescente se movía para robar hacia donde creía que estaba la plata. Esa era la idiosincrasia de los ladrones veteranos, de la vieja guardia.

De los aros y cadenitas, a los apartamentos. Hasta que a sus 23 años fue detenido. Pasó seis años en La Modelo, de Bogotá. Salió y siguió robando. Tiempo después, se fue a México. Robó durante cinco años, hasta que contactó a un “coyote” que lo cruzó a Estados Unidos. Desde ese día roba aquí. “Aquí” es Houston, aunque se ha movido por distintas ciudades. En el medio, por tirotearse con otros colombianos, fue diez años a prisión. Como su documentación es de puertorriqueño, evitó ser deportado. Y sigue aquí porque no es bueno volver a Colombia pobre, dice. Quiere regresar el día que tenga una casa y al menos dos apartamentos para arrendar. Lleva poco tiempo en libertad. Todo el dinero que tenía se esfumó cuando estuvo en prisión.

Leandro deja de contarme su vida delincuencial porque delante de nosotros, en un semáforo, pasa una mujer oriental. Y le dice cosas lindas, con la convicción de que es lindo y tiene oportunidades de un sí. Ya estamos cerca del gimnasio. De la maleta en la que llevo mi libreta y la grabadora saco un libro y se los muestro. Es La parábola de Pablo, la historia de Pablo Escobar.

—Pablo también comenzó siendo atracador de carros y después se cambió de rubro…—comento, buscando la reacción. —No, no. No se confunda —dice Elías, que vuelve a hablar, como algo ofuscado—. Los narcotraficantes son sapos. Y el código de nosotros, los choros, es no hablar con la policía. Así nos pinchen las bolas, nos pongan corriente, no hablamos. No nombramos a nadie. A cambio de darle información a la ley, el narco salva su vida y lo que tiene. Después se unen a los programas de protección, que les cambian la identidad. Con respecto a ese tema, los internacionales tenemos una frase: “Ni amor de putas, ni amistad de tombo”. Llegamos a los cinco minutos. Subimos unas escaleras y nos presentamos en recepción. Por un pasillo aparece el entrenador. Es puertorriqueño. A su gimnasio acuden principalmente jóvenes vinculados a las pandillas: en su cuenta tiene 17 boxeadores profesionales y 28 asesinados.

—¿Y ustedes de dónde son? —le pregunta a Elías y a Leandro después de saludarme.

Yo los miro a los ojos. No quiero meter la pata. Elías dice que es de México y Leandro, que es “boricua”. Y tiene que explicar más, o mentir más, porque el que pregunta es puertorriqueño. Más tarde me dirán que siempre mienten sobre su nacionalidad. Pero en especial cuando hablan con puertorriqueños. Porque ellos tienen fama de sapos.

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Hasta el surgimiento de los internacionales, delinquir en Colombia era mucho menos fructífero. Los que cometían asesinatos por encargo eran los pájaros, matones conservadores que se ganaban la vida perisguiendo liberales. Con la llegada del negocio del contrabando, para mediados de 1960 y 1970, surgieron los cobradores y los custodios de los grandes contrabandistas, que ingresaban al país licor, whiskies y cigarrillos que luego se vendían en los principales centros comerciales. Pablo Escobar, después de robar autos y antes de traficar drogas, fue contrabandista. Por la misma época en que los internacionales regresaban del extranjero con fortunas, en silencio.

A principios de los setenta, era normal que los recién regresados a Bogotá se sentaran en un bar y en minutos se juntaran decenas de vecinos que querían escuchar sus historias. Les preguntaban de todo: cómo era robar en Estados Unidos, dónde compraban la ropa, cómo eran las leyes, qué comían, dónde vivían. Algunas hasta se animaban a pedirles que los llevaran, sumándolos al combo. Los internacionales, claro, invitaban los tragos de la ceremonia. También cortaban la cuadra de sus casas, sacaban la parrilla o la olla a los andenes y contrataban artistas que cantaban en vivo, durante toda la noche. Cualquier vecino podía acercarse a comer y a beber. Los barrios vivían pendientes de cada regreso, y de qué hacer para que los lleven con ellos.

Los internacionales fueron creando ámbitos y construyendo una cultura delincuencial. Los que se retiraban o estaban de paso por Colombia salían de farra los miércoles. Hasta la actualidad, ese día, sigue siendo el Día de los Internacionales. Las discotecas en las que se reúnen van variando, según las épocas. También bautizaron una cuadra del centro de Bogotá —la zona de los joyeros, en la calle 12— como la Calle de los Internacionales. Los bares de la cuadra son el lugar de encuentro de manes que quieren recordar sus vueltas o planear otras.

Hay quienes se atan un rosario en el tobillo durante los robos. Otros se tatúan el rosario en el cuello. Cuando ven un coche fúnebre, leen el nombre del muerto, sacan un billete, le hacen un nudo y le rezan para que les envíe dinero. Luego lo guardan en la billetera hasta el primer buen robo. Otra costumbre es ir a una misa antes de cada viaje y encomendarse a las almas. Pedirles a ellas para hacer platita en el próximo destino. Lo mismo en el cerro de Monserrate o en los cementerios. Allí se los puede ver pidiendo o agradeciendo. Antes y después del viaje. También hay promesas, que siempre se cumplen en Bogotá. Los ritos varían: comprar una flor por cada tumba de un cementerio, incluso en aquellos con tres mil tumbas. Adquirir cien bolsas de comida por 50.000 pesos para repartirlas luego en un barrio humilde, o donar bolsas de ropa en la iglesia del barrio.

Esas primeras generaciones de internacionales fueron bautizadas como La Vieja Guardia. Fueron ellos quienes hicieron esos primeros contactos que luego aprovecharían las próximas generaciones. Algunos hicieron contactos con joyeros dispuestos a tomarse un avión y viajar con una balanza y dólares en efectivo para pagar los botines robados. También encontraron hombres dispuestos a vender pasaportes falsos, licencias de conducir falsas, documentos falsos. Contactaron a las agencias que les alquilaban autos para utilizar en los robos y hoteleros dispuestos a enviarles vouchers que presentaban en cada aeropuerto. Esa vieja guardia fue armando las primeras “ollas” de colombianos en cada ciudad. Se empezó a construir un mundo. Un mundo delincuencial del que nunca se había publicado nada, en un país del que sobran las películas, series, libros y reportajes de largo aliento sobre historias de delincuencia.

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El bar en el que estamos ahora —dos horas después de nuestra visita al gimnasio— tiene una pared que divide dos sectores. De un lado, los gringos miran un partido de fútbol americano. Del otro, uno de béisbol. Hay más de 100 personas. Todos beben y conversan parados. Los televisores están en mute y suena música electrónica. Nosotros nos sentamos en una mesa que hay sobre el andén. Son las siete de la tarde del viernes —yo llegué un jueves— y Leandro come alitas de pollo con sus manos. Hace ruidos, sus dedos se le llenan de aceite y no frena ni para secárselos con una servilleta. Elías se mata de risa y bromea. No habían probado bocado en todo el día.

—Es que estuve todo el día pensando en el billete. Cuando trabajo, me concentro sólo en eso —responde y le hace señas a la camarera para pedirle otra porción.

—¿Hoy en día está costando mucho ganar dinero? —pregunto.

—En los ochenta la gente era menos precavida. Hoy, en cambio, la gente cuida más la plata. El dinero siempre está: el interés de uno y lo metedor de culo que sea usted le hará ganar más o menos —aclara Leandro—. Pero lo realmente importante es lo que usted haga con lo que ha ganado. Porque muchos lo han gastado en putas, en porquerías, en droga y llegan a la última edad y no tienen nada.

—Robar es como un vicio —dice Elías—. Cuando tienes plata, vas a los mejores restaurantes, compras los mejores carros, luces ropa bien bacana. Gastas y gastas y gastas hasta que se acaba. Pero con el tiempo aprendes que esa plata se puede invertir y hacer negocios para recibir rentas y así no hacer nada más en el futuro.

Elías frena por el sonido de una bocina y, al igual que Leandro, se da vuelta y mira hacia la calle. De la vereda de enfrente, a nuestra altura, en un Honda rojo, nos miran unos hombres. Leandro se levanta y cruza hacia ellos. Elías también. Durante el viaje, me lo habían aclarado: debían cruzarse con dos colombianos que también roban en la ciudad. Llevaban días hablando, gracias a socios que tienen en común, y querían conocerse y ver si valía la pena trabajar juntos.

Regresan a los 15 minutos y Elías le dice a Leandro:

—Oye, no me han gustado. Tienen mucha pinta para andar con ellos por aquí.

—Bueno, ellos están aquí. No tenemos ninguna obligación. Ni nosotros con ellos ni ellos con nosotros.

Luego comentan que están al tanto de no más de cuatro o cinco bandas de colombianos en la ciudad. También que habrá otros como ellos: ladrones solitarios o dúos. Pero que no conocen a más de 40 compatriotas y colegas robando por aquí.

—¿Y a ustedes no los asaltan nunca?

—Sí, por eso el internacional es discreto. O debería serlo. No tiene que andar diciendo cuánto se ganó porque en su país le pueden quitar el dinero. Por hambre, por trabajo, por venganza. Por infinidad de cosas. Hay que llegar y comprar cosas: casas, autos, negocios. Tener el dinero puesto en algo. Cualquier madrugada te puedes enterar de que reventaron la casa de tu familia y te robaron todo lo que tú te habías robado.

Elías se refiere a los ladrones nacionales. Y a la disputa, histórica, con los ladrones internacionales. Porque el inter, dice, además de tener cuidado de la Policía Nacional, que presta atención a los grandes robos de joyas en el exterior y está atento a quién arriba a la ciudad para seguirlo, estudiarlo y extorsionarlo y quitarle los botines en dólares y euros, debe cuidarse de los ladrones que jamás se subieron a un avión.

—¿Cuál es la diferencia entre ustedes y los ladrones locales?

—El choro es choro. Sin embargo, para ser internacional usted tiene antes que ser nacional. O sea, el que es buen internacional fue buen nacional. La escuela está en Colombia. Ya después de que usted robe en Bogotá, ninguna plaza le queda grande. Puede ir a cualquier país a robar. También hay mucha gente que se hizo chora en el exterior. Les daba miedo robar en Bogotá y empezaron asesorados por bandas de internacionales.

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Elías dobla la esquina y empieza a correr despacio, como si le doliera una pierna, demorándose como el jugador de fútbol que sabe que lo sacan en el descuento para hacer tiempo. Atrás viene Leandro. Al mismo ritmo. A 100 metros estoy yo, junto al auto, con las llaves. Estoy paralizado. Miro que no haya cámaras. Mi corazón corre mucho más fuerte que el de ellos.

Los eventos que ocurrieron antes podrían ser material de un videoclip de 30 segundos con Get Lucky de Daft Punk como banda sonora. Elías elige unas sandalias Reebok en el complejo de outlets al que me han llevado a las afueras de Houston. Leandro baila al ritmo de la música electrónica que toca en vivo un DJ en el local de Ecko. Elías se prueba y compra jeans Armani. Elías empuja a Leandro hacia el baño de mujeres y ríe como un niño. Leandro acepta las alitas de pollo que dan de probar en el buffet. Leandro me pasa un bikini cuando intento probarme una camiseta en el vestuario y ríe a carcajadas. Leandro le ofrece cinco dólares a la señora de adelante de la fila en el local Adidas para que nos deje pasar. Y finalmente, ellos dos, juntos, señalan el bolso de una señora. Y ellos dos, juntos también, me dicen que no lo van a robar “porque está usted”. Usted soy yo.

Ilustración: Sara Pachón

Ilustración: Sara Pachón

El día había comenzado a las 11:00 a.m., cuando pasaron a buscarme por el hotel. Como mi avión partía a última hora, me dijeron que saliera con la maleta lista, cuestión de ahorrarme un día de hotel. Iríamos a comprar ropa a los outlets y luego haríamos tiempo en la casa de alguno de ellos, hasta que se hiciera la hora de partir hacia el aeropuerto. Tomamos una autopista, almorzamos en un local de comidas rápidas y llegamos cerca de las 2:00 p.m. al complejo comercial. Estuvimos dos o tres horas eligiendo ropa y zapatillas.

Luego de dejar toda la ropa que compramos en el baúl, donde ya estaba mi maleta, Elías cambió repentinamente de opinión: —¿Sabe qué? Voy a robar el bolso con Leandro. Estoy seguro de que va a salirnos bien. Usted quédese tranquilo, espérenos aquí, que ya volvemos con el timbo.

Fueron minutos difíciles. No dejé de buscar cámaras de seguridad. Ni de pensar que si la policía los atrapaba, yo no podría volver a mi país. Lo único que se me ocurrió fue abrir el baúl y sacar mi pasaporte, el dinero, el comprobante del pago del pasaje y las dos grabadoras con las que los había entrevistado. Con eso estuve algo más tranquilo. Podía perder la ropa sin usar, la maleta, pero no el avión. Aunque si los atrapaban, iban a encontrar mi computadora en el auto. Iban a tener mi nombre, mis fotos. Y podrían detenerme en el aeropuerto. No sé si era para tanto. Pero tuve miedo, y Elías y Leandro tardaron. Y cuanto más tardaban, más cosas me imaginé. No existía forma de irme por mi cuenta: no había taxis ni buses y el complejo de outlets estaba a decenas de kilómetros del centro de la ciudad. No sabía inglés como para pedir un aventón. Nada.

Ahora, mientras yo estoy inmovilizado del miedo, los veo llegar al auto con un bolso, el bolso que fueron a buscar. Lo trae Elías, escondido, pegado a una bolsa azul Reebok en la que lleva un buzo que compré hace media hora. Le doy las llaves a Elías y subo atrás.

—¿Quiere que conduzca? Déjeme conducir a mí —le dice Leandro, y se cambian de asiento. Leandro está más agitado. Es más gordo y más grande que Elías.

—A esa gila la dejamos muerta, ñero —dice Elías, que está más tranquilo, y con una sonrisa inmensa. Leandro busca sus anteojos. Se los pone. Se da vuelta y me pregunta si hay alguna gorra. También se la pone. Aún no nos fuimos del complejo, seguimos en el parqueadero.

—Todo bien, todo bien, ñero. Ahorita lo importante es salir de aquí, porque esto está caliente —dice Leandro. Lo veo mirar por el espejo retrovisor. Mira para todos lados; como si tuviera cuatro ojos.

Elías sigue haciendo comentarios, mientras comienza a abrir el bolso.

—Qué lance tan duro, ñero —y se ríe a las carcajadas cuando descubre los primeros dólares. Cuenta más de 300. Ya en la autopista, Leandro se relaja.

—Cuando es pa’ uno, se la guardan —y se larga a las carcajadas. De fondo, en la radio suena “…Tú, la misma de ayer, la incondicional…”, de Luis Miguel. Yo hago que me río, que estoy tranquilo. No miro hacia atrás para que no noten mis nervios. En esta autopista, donde Elías nos guía según el GPS de su celular, pienso que puede aparecer un patrullero o un helicóptero y desatarse una de esas persecuciones que se ven por televisión.

Leandro se queja; dice que le arden las cejas. El bolso estaba dentro de un local de depilación. Durante un tiempo no supieron cómo echarle mano y cuando ya estaban por darse por vencidos y volverse al auto, la dueña guardó el bolso en un cajón y se fue. Elías y Leandro se miraron. Era el momento. Leandro se acercó y encaró a la empleada. Pidió depilarse las cejas. Ni bien empezó su trabajo, los hombres que pasaban por la puerta no podían evitar reírse al verlo en esa situación. Se reían, les avisaban a sus mujeres que lo miraran, pero Elías, mientras tanto, abría el cajón y se llevaba el bolso.

—Bueno, te espero en el auto —le dijo en inglés a Leandro.

—¿Sabes? Mejor me voy a ir. Lo pensé, y mi mujer puede enojarse si nota que me depilé —dijo Leandro, y siguió a Elías. Les salió bien. Y ahora, mientras Elías dice que en el bolso tiene que haber “Horacio”, por el oro, los dos se burlan por la cara de miedo que tenía cuando los vi volver. Para cambiar de tema y evitar más bromas, pido que cambien la música, que no podemos estar escuchando a Luis Miguel mientras venimos de cometer un robo. Lo digo y me sorprendo. Lo desgrabo y me sorprendo. Digo “venimos”, como si yo hubiera formado parte del atraco. Y ahí me cargan más. Y me saludan como se saludan ellos, golpeando los dedos y luego con una piña entre manos, diciéndome “vamos, ñero”. Yo les digo que les traje suerte. Que desde que llegué se robaron una cámara que cuesta 5.000 dólares y hoy se llevaron este bolso.

—Mire, ñero… —dice Elías.

Abre una cartuchera azul, de esas que las mujeres usan como portadocumentos o para guardar sus materiales de maquillajes, y se ven pilones de dólares.

—¡Yo le dije, ñero, tenía que haber más! —exclama Leandro, y se abrazan mientras ríen a las carcajadas, sin dejar de mirar hacia adelante.

Me abrazan a mí también, como pueden. Chocamos las manos. Noto que Elías guarda la cartuchera y sigue buscando. —¿Y no se mueren de ganas de contar el dinero? —les pregunto.

—Ya tendremos tiempo de contarlo. Primero me muero de ganas por salir de aquí y estar tranquilo.

Elías corta la respuesta para avisar que debemos doblar después del cartel. Durante la media hora que queda de viaje, Leandro promete cocinarme algo a la noche por mi despedida y pagar unas cervezas, Elías toma la camiseta de mi equipo de fútbol que le regalé y borra las huellas que dejó en todo lo que revolvió. En una esquina doblamos, salimos a un callejón sin salida y Elías tira en un carro de basura lo que no sirve. Por último, antes de llegar a la casa, Leandro acomoda los documentos de la dueña del bolso en un correo, para que se los hagan llegar.

Ya en la casa, comenzamos a contar el dinero. Lo primero que hacen es separar los billetes de dos dólares. Dicen que son de la suerte, ya que casi no quedan. Yo pido contar un fajo y me dejan. Cuento y los miro a ellos, la velocidad con la que pasan los billetes por sus dedos; lo serios que están. El piso del departamento es de madera; arriba del clóset hay un televisor de 32 pulgadas. De ese clóset, después de contar el dinero, Elías saca toda la ropa que le enviará a su mujer y sus dos hijos. Como a la noche viajo a Bogotá, prometo llevárselos. Es una maleta repleta de zapatillas, juguetes, ropa, juegos electrónicos. Elías vive lejos de su familia, pero manda regalos como si fuera un Papá Noel que pasa cada dos meses.

Suman todo y sacan los gastos de gasolina. Antes, Elías toma el fajo de billetes y me dice:

—Vea: este ritual es de los internacionales. Es para llamar la plata.

Y comienza a frotarse el dinero por los brazos, por el pecho, por las piernas, por las zapatillas. Hasta por la espalda. Leandro hace lo mismo. Y yo, ya que estoy ahí, también pido que me lo hagan. Entonces, dos colombianos me pasan dólares por el cuerpo. Estoy parado, tengo los brazos extendidos y siento cómo Elías me unta de pies a cabeza. Ya estoy bendecido.

Luego separan el dinero.

El monoambiente huele al arroz con calamares que cocina Leandro. Suena la canción que puso Elías en su celular: Pillo buena gente, una salsa de Andy Montañez que los internacionales consagraron como su himno.

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Sobre El Autor

Nahuel Gallotta

(Buenos Aires, 1985) periodista, colaborador del diario Clarín y de otros medios argentinos. Dicta talleres de periodismo en las cárceles.

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