Lo que el concepto de parche nos dice sobre la sociedad colombiana.

– Epa, gringo –, me dijeron el día que llegué a Bogotá, – venga a parchar con nosotros.

A pesar de que no me gustaba que me llamaran gringo, el término parchar sí llamó mi atención. Yo no conocía esa palabra, sin embargo, no pregunté por su significado. Tenía curiosidad y los colombianos, de entrada, me parecieron simpáticos. Más tarde me iba a dar cuenta de que mi intuición no me había fallado. Sea como sea, acepté la oferta y me fui con ellos. Del hostal donde nos habíamos encontrado, salimos un grupo de cinco personas. Yo era el único extranjero. Después de 100 metros, alguien planteó la pregunta:

– ¿Qué hacemos?

Yo quedé un poco asombrado, porque, en mi percepción, la cosa ya estaba decidida:

– ¿No íbamos a parchar? –dije.

Alguien respondió sonriendo:

– ¡Pero ya estamos en eso, parcero!

Estábamos llegando al Chorro de Quevedo. La plazoleta en la que se fundó la ciudad el 6 de agosto de 1538. Fuimos a comprar unas cervezas y nos sentamos a conversar. Después de un rato, decidimos ir a comer. En ese momento, entendí que parchar significaba, más o menos, pasar el rato o simplemente juntarse con alguien. No obstante, un parche puede ser más que un grupo de personas que se encuentra y pasa una tarde juntos. Algo que iba entender posteriormente, en el transcurso de mis varias estancias en Colombia.

Eso fue hace 4 años. Mientras tanto había entrado y salido varias veces del país. Colombia ejerció una fuerza de atracción sobre mí que partió del trato que ostentan los colombianos: una mentalidad del respeto y del comedimiento, de la amabilidad y de la disposición para ayudar complacientemente. El concepto de parche es, básicamente, la manifestación de esa convivencia.

“El lenguaje es la llave al mundo” dijo Wilhelm von Humboldt, un erudito alemán. Este postulado me parece muy acertado, porque plantea el idioma como una herramienta para entender diferencias culturales, como algo que te abre la puerta para poder comprender los fundamentos de lo que llamamos cultura. Pero el lenguaje no sólo es una llave o una herramienta, es un espejo de las sociedades que lo usan porque, en última instancia, en los idiomas es que se reflejan las costumbres y las tradiciones de las culturas. Uno puede observarlo viajando por países hispanohablantes, porque a pesar de que se habla la misma lengua, ciertas expresiones o palabras sólo se manejan en algunos países o regiones. Esas diferencias lingüísticas son la consecuencia de los diferentes contextos nacionales. Ellas reflejan las distintas formas de tratarse que se han establecido históricamente. En el caso colombiano, el parche es un muy buen ejemplo para entender la reflexión del lenguaje en la mentalidad nacional. El parche no sólo es un término, es un concepto, un concepto irremediablemente colombiano. En este concepto se refleja la relevancia de estar unidos y cómodos a la vez. El parche representa el vivir con tranquilidad al estar acompañado. Tener una vida serena y pasarla bien: ese es el plan, el plan del parche, el plan de los colombianos. Un plan que en la cotidianidad del país juega un rol destacado. Uno puede ver los parches en todo el país: caminando por la Universidad Nacional en Bogotá, andando por Boyacá y sus pueblos coloniales, o comprando un jugo de naranja en medio del Parque de los Novios de Santa Marta. Al parecer, les gusta a los colombianos reunirse en la calle o en otros sitios para hablar, compartir y aprovechar la compañía. La familiaridad.

Para los colombianos el parche principalmente es un grupo de personas unidas por la simple sensación de estar juntas. Existen parches por muchos años, y se arman parches espontáneamente todos los días. Incluso, el concepto es tan cambiante, que puede hacer referencia a un espacio:

Un día recibí la llamada de un amigo.

– ¡Ven, parcero! Estamos cerca de tu casa parchando.

– ¿En dónde?

– ¿Conoces el parche que queda en la séptima con sesenta al lado de la estación de servicio?

– ¿El parque de los hippies?

– Sí, ven. ¡El parche está una chimba!

Llegué un rato después. En toda la plaza había gente tomando y fumando, hablando y riendo. Eran las seis de la tarde de un viernes. Los estudiantes de las universidades cercanas se habían encontrado allí. La plaza poblada se volvió un parche y, de esa manera, el parche se volvió una unidad de lugar y gente. El ambiente estuvo pacífico y tranquilo, hasta que llegó la policía a disolver el encuentro. Agarraron a algunos al borde de la plaza, mientras que, en el medio, algunas personas se levantaron y huyeron. A mí me sorprendió la rigidez con la cual los oficiales actuaban en contra de sus compatriotas. Algunos empezaron a gritar:

– ¡El parche unido jamás será vencido!

Nadie se mete con el parche, pensé. Esta vez, el parche y sus gritos tuvieron éxito, porque después de un rato la policía se fue, lo que asumíamos como el éxito de la unidad del parche.

En el 2015 visité Medellín, había aceptado la invitación de un amigo. Llegué en la tarde de un día laboral, por lo cual mi amigo no pudo ir a buscarme en la terminal. Me decía que nos podíamos encontrar en un parche cerca de la Universidad de Antioquia. Me indicó la estación del metro en la cual me tenía que bajar y me aconsejó que preguntara por se parche estudiantil que, según él, todo el mundo conocía. Rápidamente caí en la cuenta de que su explicación y sus indicaciones no habían sido las más claras. Tuve que preguntar a varias personas hasta que alguien pudo indicarme el camino. Yo en ese momento no tenía la menor idea de lo que me esperaba en ese lugar. Buscaba algún parque, algún lugar en el que hubiera mucha gente. Caminé y caminé hasta que un viejo me gritó:

– ¿Qué haces por acá? ¡No deberías estar por acá!

– Estoy buscando un parche –le respondí.

Me observó como si fuera un fantasma y me dijo:

– ¡Tú aquí no encuentras parche! ¡Aquí es peligroso! ¿En dónde te estás quedando?

Quedé asustado por la rigurosidad con la cual el señor me hablaba. Le expliqué mi situación. Con una seña rápida con su mano me invitó a entrar a su casa. Al entrar susurró a mi oído, que mejor llamara a mi amigo desde adentro y se presentó como Juan Carlos.

Por la puerta principal uno entraba directamente a la sala de su apartamento. Era un apartamento sencillo y pequeño cuya puerta principal daba a la calle. En torno a la mesa estaban cinco personas sentadas, comían. En una esquina de la sala, un sofá y varias sillas frente a un televisor de pantalla gigante. Dos muchachos jugaban Play Station. Un perro gris estaba acostado en la otra esquina. Juan Carlos me presentó a su familia.

– ¿No me decías que acá no encontraba parche? -Le decía sonriendo a Juan Carlos, mientras le daba las gracias por haberme dejado entrar en su hogar. Una señora, que Juan Carlos me había presentado como la señora Marta, me ofreció un plato de sopa. Acepté y me senté a comer. Al lado mío: los dos jóvenes. Sentí que me miraban con cierta curiosidad, pero al mismo tiempo, con timidez. Por eso, empecé a preguntarles por sus gustos. Como si mi pregunta hubiera sido la señal inicial de una carrera, los jóvenes empezaron a hablarme con una velocidad de la cual hasta el piloto de fórmula 1 Juan Pablo Montoya habría quedado impresionado. Me contaron de sus videojuegos, de sus series favoritas, de sus amigos y de sus expectativas de vida. Me preguntaron sobre Alemania, la vida de allá, mi equipo de fútbol favorito, lo que me gustaba de Colombia y mucho más. Todas esas preguntas no me permitieron comer mi sopa caliente. De repente, sentí la cálida sensación del parche, la sensación de estar bienvenido y apreciado, de estar agradecido de poder compartir con gente que apenas conocía en un ambiente humilde pero lleno de mucho cariño. Son estos momentos los que revelan la belleza que es la vida. Son esas lecciones de aprendizaje que instituciones educativas no pueden dar, pero la vida sí, o sea, el parche.

Es curioso que parche en su sentido literal hace referencia a fragmentos de tela. ¿Será que los diferentes parches son un reflejo del tejido social fragmentado? La respuesta a esa pregunta es ambigua. Por un lado, es difícil negar que la sociedad colombiana permanece fragmentada: la desigualdad, el aislamiento de algunas regiones o la violencia son índices claros. Las realidades de los colombianos varían. De esa manera, también varían los contextos de los diferentes parches y de sus ‘miembros’. Es decir, no es muy probable que una persona que creció en un estrato bajo parche con una persona de estrato elevado. Este tipo de encuentros sociales solo serían posibles en claros espacios de poder donde el parche no sería parche por la sencilla razón de que se no trataría de pasarla bien y compartir. De cualquier manera, hay parches que se distinguen por su acceso a la educación o a la salud, parches con diferentes oportunidades sociales y económicas y, naturalmente, parches que tienen conflictos con otros parches.

Por otro lado, la sensación dentro de un parche, por lo general, no es fragmentada ni excluyente sino empática y cálida. Dentro de un parche se respeta, se comparte y cada uno contribuye con lo que puede. Además, hay que tener en cuenta, que los parches de tela normalmente se utilizan para remendar huecos. Entonces, me gusta pensar que este fenómeno es la función de los miles de parches que existen en Colombia: coser el tejido social y así, combatir frontalmente tanto la diferencia, como la indiferencia.

 

Sobre El Autor

La curiosidad por otras culturas le ha sido metido en la cuna a Lukas. Él nació en Papua Nueva Guinea. Creció en Alemania, pero vivió varios años en Venezuela y Colombia. Le gusta conocer, observar y analizar sociedades y sus culturas. Por eso, estudió Historia y Ciencias Políticas. En diciembre se gradúa de su maestría en Investigación Empírica de la Democracia. Además, es rapero y trompetista.

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