Las lágrimas de Edipo”, escrita por Wajdi Mouawad y adaptada por Hugo Arrevillaga, junta en el teatro a las figuras míticas de la tragedia con la guerra actual en México. La obra pone en cuestión el papel del artista frente a la barbarie y se pregunta por las raíces de la violencia contemporánea y por las heridas que ésta dejará a su paso. A 32 meses de la noche de Iguala, la pesadilla continúa.

A los ocho años, desde lo alto de un edificio, Wajdi Mouawad vio cómo un autobús de refugiados palestinos era acribillado por las milicias cristianas. Había empezado la guerra civil en Líbano. Cuatro décadas después, Mouawad, quizás el dramaturgo más reconocido de la actualidad, viajó a México para impartir la cátedra Ingmar Bergman y dijo: “Tengo el sentimiento de que cada época ha intentado una manera de asesinar a sus jóvenes”.

Mouawad decía esto después de admitirse horrorizado por la desaparición en Iguala de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa. Escandalizado, decía: acaso el mismo horror que recorrió al país después de ver el cadáver de Julio César Mondragón, de 22 años y también normalista, tendido en las calles de Iguala con el rostro desollado. A la mañana siguiente, su viuda encontró la imagen en un portal de noticias; reconoció a su esposo por la ropa y por las marcas en la mano izquierda.

Casi dos años más tarde, la Comisión Nacional de Derechos Humanos expuso su versión; de acuerdo con ella, Julio César Mondragón fue “golpeado brutalmente con saña y crueldad” por integrantes del crimen organizado y por policías municipales. La piel del rostro, según el informe, se la comieron los perros y roedores del lugar en apenas siete horas, el espacio entre la hora de la muerte y el momento en que el cadáver fue encontrado. “Cuando se ejerce el poder político se está siempre imponiendo una manera de contar la realidad”, escribió Ricardo Piglia.

Mouawad terminó Las lágrimas de Edipo en México. La había iniciado unos meses atrás, basado en el asesinato de un joven griego a manos de la policía durante las revueltas de 2008. Una vez fuera del país, Mouawad hizo llegar el texto a Hugo Arrevillaga, quien ha montado en México buena parte de la obra del dramaturgo libanés. Arrevillaga lo interpretó como una muestra de gratitud, sustituyó al joven griego por Julio César Mondragón; Mouawad, conmovido, autorizó los cambios.

Como Edipo en Colono de Sófocles, la obra de Mouawad sigue a Edipo en el último día de su vida. Lo acompaña Antígona, su hija y también hermana. En un teatro abandonado se encuentran a una estudiante que está huyendo de la policía. Afuera están matándolos. A uno de nosotros, dice ella, lo asesinaron, le arrancaron la piel del rostro.

Con las cuencas vacías, Edipo sólo puede llorar sangre.

De acuerdo con George Steiner, la tragedia corresponde a un tiempo de epílogo. Hemos llegado tarde. El horror la ha superado. Mouawad y Arrevillaga piensan de otro modo. ¿Qué es la tragedia? Primer ensayo: la tragedia es, como escribió el autor libanés en Incendios, un dolor caído a nuestros pies.

En Las lágrimas de Edipo, los personajes hablan casi en verso. La poesía de Mouawad y Arrevillaga se adentra en la herida abierta de la noche de Iguala. ¿Debe el arte arriesgarse a adornar la barbarie? ¿Puede resonar, en nuestro tiempo, la nota trágica? Y de ser así, ¿cuál es el precio?: “Los actores y yo tuvimos que profundizar y encontrar esas imágenes muy claras y fue como inocularnos el veneno de esa violencia y brutalidad para que en nosotros se genere una especie de antídoto que podamos brindarle al espectador —ha dicho Arrevillaga—. Pero el veneno tiene que pasar cada noche por nosotros y hemos tenido pesadillas terribles”.

🔥El ciego que camina atravesando la noche🔥

Mitzi: Estuve soñando con Julio César, con cosas horribles. Me decían que había temblado toda la noche, hablando, como teniendo convulsiones. No sé si a todos les pase. También soñaba con monstruos sin rostro. Soñé también otras cosas: monstruos, niños, muertes, mi mamá siendo asesina, mi hermana siendo asesina.

Como Edipo en la obra de Mouawad, Ulises Martínez ha crecido oyendo el rumor de guerras nuevas. A los diez años, la policía de Oaxaca entró a su casa, le puso una pistola en la cabeza y le dijo que iban a matarlo, que matarían a toda su familia. El mismo procedimiento se repitió en otras 16 casas. La policía buscaba a su padre.

Las palabras crean su propio silencio. Vamos a matar a tu familia dejó un surco en el alma de Ulises, lo volvió un chico tímido, retraído y rodeó cada instante de su vida con el velo de la fragilidad. No fue hasta que se acercó al teatro cuando recuperó la voz. En esos años de estudio no representó ninguna tragedia. Las sentía grandilocuentes, lejanas: “Pero ahora la siento más cercana. La vivimos cotidianamente. Algo muy extraño”.

¿Qué es la tragedia? Segundo ensayo: la tragedia es ese destello que nos enseña que la sangre es un hilo, que la sangre actual está formada de sangres antiguas.

En la década de los setenta, el padre de Ulises, Felipe Martínez Soriano, impulsó como rector de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca la iniciativa para admitir en las aulas a los obreros, campesinos, estudiantes de bajos recursos. No mucho después, en aquella noche de los 17 domicilios, la policía lo detuvo, lo trasladó al Campo Militar Número Uno y lo presionó para que firmara su renuncia. Las protestas en Oaxaca (jóvenes, campesinos, obreros: marchas enormes, de miles y miles) obligaron al Estado a liberarlo.

“Los jóvenes son esa voz de cambio. Si los matan, ya no hay manera. Ya no hay cambio. Ya no hay esperanza”, dice Ulises, quien durante buena parte de su juventud vio frente a su casa un coche encargado de vigilar los movimientos de su familia. A este periodo se le ha llamado la Guerra Sucia, los años de la década de los setenta en que el Ejército se especializó en eliminar por las armas los movimientos de oposición en estados como Oaxaca o Guerrero.

Las investigadoras Claudia Rangel, Evangelina Sánchez y Florencia Ruiz han preferido otro nombre: Terrorismo de Estado. De acuerdo con ellas, a las personas detenidas en los retenes militarse se les identificaba con la palabra paquete. Esa fue la misma palabra que, según el informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, utilizó el grupo criminal Guerreros Unidos cuando recibió a los estudiantes de Ayotzinapa: otro paquete de cuerpos, cuarenta años después.

El padre de Ulises murió unos días antes del estreno de la primera temporada. Esa noche, Edipo caminó junto a Antígona en el último día de su vida. Entiérrame aquí, le dijo, entierra mi cuerpo bajo estas piedras. Cavar la tumba de Felipe Martínez Soriano, en Oaxaca, requirió varios días: la piedra blanca del terreno tardó mucho tiempo en ceder.

Oigo el rumor de guerras nuevas: las palabras, dice Ulises, deben habitarse. En el fondo de Las lágrimas de Edipo hay una vibración construida por el lenguaje. Las sangres antiguas deben condensarse en una mirada, un gesto, una palabra. Por eso, para él, todas las funciones son un camino hacia lo desconocido, hacia un nuevo acertijo de la esfinge.

Ulises tiene un hijo. Las guerras nuevas también las vivirá él. “Pienso en esa tristeza, la de un padre que ha perdido a su hijo”, dice. “Siempre va a estar ahí. Como actor voy a estar al servicio de eso, de expresar ese dolor, el de los otros y el mío. Me duele la gente, el sufrimiento, las muertes. Me duele la ausencia de mi padre”.

México se ha convertido en un país de ausencias. En la primera temporada, Marissa, la viuda de Julio César Mondragón, asistió a Las lágrimas de Edipo. “Toda la historia del sufrimiento clama venganza y pide narración”, ha escrito Paul Ricoeur. Marissa se sentía contenta de que alguien contara la historia de su esposo. Ella, les dijo al terminar la función, algún día tendría que contarle a su hija quién había sido su padre.

"Las lágrimas de Edipo", escrita por Wajdi Mouawad. Foto: Aurora Rebolledo

“Las lágrimas de Edipo”, escrita por Wajdi Mouawad. Foto: Aurora Rebolledo

🔥¿Hay que deshacerse de toda felicidad a los 22 años?🔥

Vicky: Sueños muy raros. En este montaje tengo muchas palabras de la esfinge, muchas palabras, el irte a dormir y no poder porque el texto está ahí, dándote vueltas. Había sueños donde yo mataba, o me escondía porque me disparaban. Es normal. Es el poder de las palabras.

Cuando Mitzi Mabel, interpretando a la estudiante que se esconde de los policías, dice que no hay corazón que pueda cantar bajo el cielo de esta noche, lo dice con la foto de un amigo de la infancia escondida entre sus pertenencias. Ese amigo fue asesinado. En Veracruz, hace unos meses, dispararon treinta balazos a su coche; él se tendió sobre su esposa para protegerla y recibió seis disparos.

“De seguro andaba en algo turbio”, le dijo a Mitzi su abuela. En México, durante la última década, la sospecha ha desplazado al duelo, y sin duelo no hay tragedia; sin respeto por los muertos, Antígona y Edipo son dos vagabundos cuyas historias carecen de sentido. “¿Cómo puede ser?”, se pregunta Mitzi. “¿Cómo pasó que en lugar de sensibilizarnos ante la tragedia que estamos viviendo digamos que estaba metido en algo chueco?”.

Mitzi creció en Veracruz. En aquellos años, antes de la guerra, practicaba deportes toda la mañana, participaba en talleres de poesía, fundó un grupo de jarana con su familia. Por la noche regresaba a su casa: una niña de quince años andando sola por el camino.

Y, de repente, llegaron los rumores: los zetas, el grupo delictivo más violento del sur mexicano, entraban a los antros y se llevaban a las mujeres, decían —a mujeres, niñas, jovencitas como ella.

Y después de los rumores, no tan de repente, llegaron los bárbaros. “En México —escribe Cristina Rivera Garza en Dolerse— el horror va íntimamente ligado al retroceso del Estado en materia de bienestar y protección social y, consecuentemente, al surgimiento de un feroz grupo de empresarios del capitalismo global a los que se les denomina de manera genérica como el Narco”.

A Mitzi le aterra cómo ha cambiado una palabra: joven. A sus padres les evocaba una idea de futuro. A ella y a su generación los sepulta bajo las imágenes. Una de ellas es la de Julio César Mondragón: “Yo no había visto la foto de Julio César —dice Mitzi—. Vi la imagen y dije: Hijos de puta. Le ves la cara cortada perfectamente, delineada en círculo. ¿Dónde están las mordidas de los animales? En México tenemos expertos en tortura”.

Julio César Mondragón: en Las lágrimas de Edipo, Mitzi ha aprendido a decir su nombre. Durante la primera semana de ensayos, el director de la obra, Hugo Arrevillaga, le pidió que Julio César se convirtiera en un hermano. Mitzi vio los documentales sobre los hechos de la noche de Iguala, leyó las investigaciones periodísticas, vio la imagen del cadáver con las cuencas vacías. Ahí empezaron las pesadillas; ahí empezó, también, la cercanía. Para ella, para sus palabras, Julio César había recuperado el rostro.

No hay corazón que pueda cantar bajo el cielo de esta noche, dijo Mitzi en el estreno de la obra. Unos días antes, en el Estado de México, una niña de diez años fue asesinada, mutilada y depositada en una bolsa en un cruce de caminos. Al final de la función, Mitzi habló de esa niña con los asistentes: “Yo siempre traigo a alguien más al escenario. En esta temporada es una de mis labores. A través de este texto quiero hacer homenaje a esas personas que se van. Y que el público haga contacto con eso”.

No hay corazón que pueda cantar bajo el cielo de esta noche: las palabras, en la tragedia, tienen el peso de la Historia. Mientras las dice, Mitzi debe pensar en la hija de Julio César, que algún día también tendrá 22 años. Recordar a su amigo asesinado en Veracruz. A la niña asesinada en el Estado de México. A los jóvenes de la noche de Iguala, a todos los muertos de esta guerra.

Frente a ella se encuentran Edipo y Antígona. La violencia milenaria hunde su mirada en la guerra actual, y Mitzi, agotada, ha terminado algunas funciones con un vacío hondo, como si hubiese llorado todo el día.

¿Qué puedo hacer yo por este país?, se ha preguntado. La respuesta de Mitzi ha sido DoReMi, una obra de teatro para niños que se ha presentado en algunas escuelas del Estado de México. DoReMi es una marioneta con el corazón de cuerdas de guitarra. No puede dormir, le tiene miedo a la oscuridad. Una noche, en el mudo de los sueños, una sombra llena de caras le roba el corazón.

— ¿Cómo lo recupera?

—A través de la música. Les enseñamos a los niños dónde tienen el corazón. Que oigan sus latidos. Si pierden el camino, deben seguir su corazón. Ahí está el camino, el ritmo, el sonido. Ahí está la música.

🔥La misma esfinge, la misma respuesta🔥

Ulises: De pronto, imágenes. Recordaba cuando tenía diez años, que a veces soñaba que la policía nos perseguía. Con Edipo volví a soñar que algo me perseguía, algo por las azoteas, y había que esconderse. A veces soñaba a mi padre.

Cada función, Vicky Araico descubre un hilo, el hilo del destino. De él se han colgado su madre, sus antepasados, y ahora ella, Antígona, lo tiene alrededor del cuello. “Ese hilo yo lo romperé”, dice.

Antígona es el símbolo de la subversión en la literatura occidental. Después de acompañar a su padre en el último día de su vida, regresa a Tebas, su ciudad de origen, a tiempo para ver cómo sus hermanos se asesinan en la lucha por el poder. El político en turno, Creonte, declara traidor a uno de ellos y prohíbe su sepultura. Quien desafíe la prohibición será castigado con la muerte.

Antígona es un hachazo, firme y certero, a la cabeza del poder político: en dos ocasiones cubre el cuerpo de su hermano con una capa de tierra. Y esa transgresión la llevará a la muerte. Y esa transgresión, a nosotros, nos enseñará un camino. Antígona no quiere ejercer el poder a la manera de Creonte. Sólo desea que no haya lágrimas prohibidas, “dice no —ha escrito Stefan Hertmans— a este terrible poder que tiene el hombre para dejar de mirar a otro como persona”.

En México, la guerra de la última década ha abierto las heridas de las que nacen las Antígonas. Una de ellas se llama Luz María Dávila, quien en 2010 encaró a Felipe Calderón unos días después del asesinato de sesenta estudiantes en Ciudad Juárez: “Yo no puedo darle la mano porque para mí no es bienvenido. Quiero que usted se retracte de lo que dijo: no eran pandilleros. No puede ser que diga que eran unos pandilleros. No tenían tiempo para andar en la calle: estudiaban y trabajaban. Le apuesto que si a usted le hubieran matado a un hijo, usted debajo de las piedras buscaba al asesino”.

En Antígona González. Instrucciones para contar muertos, Sara Uribe ha retomado el dolor de las Antígonas de este país para componer un poema de nuestra guerra. Mujeres que buscan digna sepultura para sus padres, hijos, hermanos, esposos; mujeres que se resisten a mirar un cuerpo como un paquete. Estos son dos de sus versos: Supe que Tamaulipas era Tebas / y Creonte este silencio amordazándolo todo.

“Llorar todas las lágrimas imposibles de llorar”, dice Vicky Araico en Las lágrimas de Edipo. Llorar como un acto de resistencia, de encontrar en los otros el brillo de lo humano. No es otra cosa, para Vicky, el teatro: conmoverse —invitar al otro a que se mueva conmigo para entender quién soy yo.

En este movimiento hay una barrera: la esfinge. A Vicky este monstruo (ayer un animal mítico, ahora un sistema económico y político) impone, hoy, un nuevo acertijo. ¿Cómo no odiarnos? ¿Cómo encontrar en los demás las similitudes y no únicamente las diferencias? ¿Cómo honrar a los muertos?

Ante el acertijo de la esfinge, la memoria, aun si el acto recordar es otra manera de revivir el dolor: “Me cuestiono qué tanto derecho tiene uno a repetir la tragedia de otro como bandera para despertar conciencias”, dice. “Hugo nos dejó muy claro que no podíamos decir el nombre de Julio César de forma impune. No llegar a ver si te sale bien tu actuación. Sería pisotear su nombre”.

Antígona nació cuando Edipo ya había matado a su padre y se había acostado con su madre. La hija de Julio César tenía dos semanas cuando su padre apareció sin vida en las calles de Iguala. En ambas ocasiones, la tragedia ya se había puesto en marcha. “Todos esos niños con heridas, en un medio adecuado, pueden canalizar este país hacia la transformación —dice Vicky—. Hacia un país que no olvide. Los tenemos a ellos para que los recordemos. Y ellos deben insistirnos para recordarlo”. En esa tarea no están solos. Vicky recuerda las palabras de un poeta africano para quien los artistas son los encargados de recordar las rutas para la supervivencia. La salud de la comunidad depende de su capacidad para no olvidar.

En épocas de sequía, entonces, el artista debe señalar el camino hacia el agua.

"Llorar como un acto de resistencia". Foto: Aurora Rebolledo

“Llorar como un acto de resistencia”. Foto: Aurora Rebolledo

🔥Canta la cólera de Antígona🔥

Al principio sintió coraje. Ya cállense, pensaba Mahetzi Hernández en Las lágrimas de Edipo: ya déjenlos en paz. Ustedes no tienen idea de ese dolor.

Mahetzi se graduó de la Escuela Normal Rural El Mexe, en Hidalgo. Si quería seguir estudiando, la Normal (gratuita) era la única opción. Aquí se queda el que quiere trabajar por todos, le dijeron el primer día. Llevaban a los alumnos a los pueblos cercanos y le preguntaban al delegado por las necesidades del lugar. Limpiar el canal. O chapolear en los terrenos. O arrancar la hierba mala. Cuando regresó a casa, el primer fin de semana, Mahetzi tenía las manos llenas de callos, las orejas tostadas, cinco kilos menos.

Les daban de comer en la escuela. Por las noches, en el círculo del estudio, les hablaban de socialismo. “El gobierno siempre quiso cerrar la escuela —dice Mahetzi—. Los maestros de la Normal tienen otra visión: un asunto de comunidad, porque ahí nos enseñan a vivir en comunidad. Lo que te pasa a ti me pasa mí”. El Mexe fue cerrado en 2008, durante la gestión de Miguel Ángel Osorio Chong, hoy Secretario de Gobernación, quien después de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa dijo: “Ya basta de señalar al Gobierno, que no tuvo nada que ver”.

Once años antes de la noche de Iguala, Mahetzi conoció la Normal de Ayotzinapa. Se encontraba ahí para la reunión nacional, y en pocos momentos ha sentido tanta calidez. Los estudiantes de Ayotzinapa les dejaron las camas, a ella y a sus compañeras, y se fueron a amontonar al suelo de la cocina. El sentimiento de hermandad se incrementa cuando piensa que ella pudo haber sido una de las desaparecidas. Como esos 43 chicos, durante su etapa de estudiante acudió a las marchas, tomó camiones, vio cómo sus compañeros se convertían en presos políticos.

Al terminar la escuela, en el discurso de despedida, Mahetzi dijo lo siguiente: “Ahora sí empieza nuestra lucha social. El salón es nuestra trinchera. Esos niños son los que van a hacer la revolución. Y nosotros somos los encargados de dirigirla”.

Pero no sabe cómo sucedió; quizá fue Antígona, quizá fue el rumor de las palabras. Al terminar la función de Las lágrimas de Edipo, Mahetzi había roto en llanto. El teatro es el único lugar que no ha perdido su condición de sagrado, ha dicho Mouawad. Conmoverse, decía Vicky. En cierto modo, el teatro ha conservado el aura de la que hablaba Walter Benjamin: se trata del único espacio artístico que te devuelve la mirada.

Nos faltan 43: Mahetzi lo ha gritado en las marchas de los últimos dos años. Ha visto también cómo a algunos jovencitos, pasada la tragedia, les parece una broma. Nos faltan 43, dicen —y sueltan la carcajada, se comen una palomita, siguen mirando el concierto.

Nos faltan más. En un país en guerra cuyo conteo de muertos (y detengámonos aquí un instante: el conteo de muertos) oscila entre 60 000 y 150 000 —sin contar los desaparecidos, las fosas todavía sin destapar, los cadáveres calcinados— esa risa es una forma de convivir con el horror. El horror provocado por un joven normalista con el rostro desollado (Levinas: El rostro es lo que nos prohíbe matar). El horror provocado por un país en guerra que no piensa renunciar a esa guerra. El horror de descubrir el hilo del destino

¿Qué es la tragedia? La tragedia es insistir en remar contra el destino.

—Vamos a suponer que ustedes eran los estudiantes de Ayotzinapa —pregunta Mahetzi a sus estudiantes de tercero de primaria, niños de ocho o nueve años—. ¿Qué harían sus papás?

—Nos buscarían, maestra.

— ¿Y si ya hubiera pasado todo este tiempo?

—Nos seguirían buscando.

El asesinato de Julio César lleva el nombre de nuestras angustias, dice la estudiante a Antígona y a Edipo.

Sobre El Autor

Gerardo Juárez

Gerardo Juárez (México, 1989) da clases en una universidad laica con un crucifijo en cada salón. Le han robado cuatro bicicletas. Hace, a pesar de todo, periodismo. Ha escrito para Lo Político, Frontera D, Vice, con temas cada vez más extraños (el que más, por ahora: pintura menstrual). Una vez leyó lo siguiente de John Berger: “El artista alivia la fatiga de que toda carne es heredera”. Cree que el periodismo puede cumplir con la misma función.

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