Se fue la primera jornada de octavos. Argentina perdió con Francia. Portugal 1-2 con Uruguay.

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Con el corazón no alcanza

El año pasado Argentina casi no clasificaba a la Copa, pero en el último partido frente a Ecuador apareció Messi y la salvó. En este Mundial Argentina casi no pasaba la primera ronda pero apareció Marcos Rojo sobre la hora y la salvó. Esta vez casi, pero no. No fue un problema de actitud. No fue un problema de garra. Eso fue lo único que tuvo Argentina en esta Copa y antes de ella también. Pero ir tanto al “como sea” tiene un límite, y ese límite siempre lo ponen los rivales que sí tienen un guion.

En Francia se despertó Mbappé, se enchufó Griezmann, la zaga nunca se desordenó y tuvo una velocidad para hacer las transiciones de defensa a ataque muy superior a la de su rival. Los franceses no solo juegan al fútbol: son atletas. Mbappé tuvo un match consagratorio.

Lo pudo ganar Argentina. Estuvo 2-1 arriba con un golazo de Di María y un gol de suerte de Mercado, después de que Rojo le diera un penal innecesario al enorme Mbappé. Lo pudo ganar Argentina con el corazón, a pesar del orden y la velocidad de Francia, con el aliento de 30 mil personas que hicieron 17 mil kilómetros para verlos, pero con el corazón no alcanza.

Jorge Sampaoli, el entrenador, es el principal responsable de esta derrota. Y ahora se aferra al cargo: no piensa renunciar. Por mucho menos de lo que sucedió, en fútbol y política, España acaba de cambiar a su presidente y su entrenador del seleccionado. Jorge Sampaoli dirigió este Mundial como los que no saben. No acertó nada, se equivocó en todo y en momentos claves.

Sampaoli no aprovechó a Messi. Sus antecesores, aunque en menor medida, tampoco. Tener en el equipo a uno de los mejores jugadores de la historia y no aprovecharlo, no una vez sino en cuatro torneos, es responsabilidad de los que dirigen.

Sampaoli tomó decisiones insólitas contra Francia y durante todo el torneo. Tener a Paulo Dybala y Giovanni Lo Celso en el plantel y no utilizarlos para generar juego cuando eso era lo que faltaba, es culpa del entrenador. Usar en cambio a Meza, un volante sin experiencia internacional y sin el vértigo en ataque que necesitaba el equipo para salvar la clasificación, es culpa de Sampaoli. Probar un nuevo esquema en una etapa definitoria es impericia. Que Enzo Pérez, un jugador que no había sido convocado –estaba de vacaciones y entró por la lesión de Lanzini– de repente sea indispensable da muestra de lo desorientación de los que conducen.

La selección de Argentina recibió 9 goles en 4 partidos. Sampaoli venía con buenos pergaminos, pero desde que pisó la AFA se desbordó y falló en casi todas las decisiones que tomó.

Argentina tuvo un plan para su fútbol entre 1975 y 2006 que le dio dos Copas del Mundo y algunas Copas América. De allí en más todo se fue descascarando. La aparición de Messi, Mascherano y el intermitente Di María, todos con su talento individual, hicieron llegar al equipo a tres finales y disimularon el derrumbe que se desarrollaba detrás. Hicieron milagros. Y los milagros, como sucede en Latinoamérica todo el tiempo, son tan emocionantes como cristalizadores de una precariedad.

La Asociación del Fútbol Argentino, tras décadas de gobierno de Julio Grondona, vive el síndrome Gadafi. Grondona, como Gadafi en Libia, era un autócrata eternizado en el poder, corrupto por donde se lo mire. Sin embargo, era un dirigente que catalizaba el orden. Eso se notó sobre todo cuando murió: llegó el caos.

Argentina es un país especialista en desaprovechar recursos. A veces despreciándolos. Se cumple seguido aquello de que “el que el que sabe, sabe, y el que no, es jefe”. Por eso en este momento el país está desintegrando su principal agencia de noticias y, , como tantas otras veces, cerrando fábricas y expulsando científicos. Por eso Borges murió en Ginebra, San Martín en Francia y Favaloro se suicidó. Por eso Messi tuvo que ir a Barcelona a tratarse y crecer. Muy en el fondo, por eso también, perdió hoy 4-3 a pesar de hacer tres goles con el corazón.

 

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La manera uruguaya de vencer

A Uruguay, a diferencia de su vecino del Río de la Plata, la garra le alcanza porque está basada en un proyecto. Tabarez dirige el equipo desde hace 12 años. El equipo no depende de Cavani, ayuda a Cavani.

Uruguay es un equipo de 23 tipos rudos, ordenados, convencidos y concentrados. Tiene una columna vertebral virtuosa: Muslera, Godin, Betancur, Cavani y Suárez. No dan por perdida ninguna pelota y los delanteros están encendidos. Así jugaron el primer tiempo y se fueron 1-0 arriba.

El segundo tiempo arrancó diferente y Portugal adquirió las virtudes de los uruguayos. Antes de los 10 minutos los lusos empataron con un cabezazo de Pepe. 10 minutos después, volvieron a estar en desventaja. Cavani no perdonó no tener marca en el borde del área, abrió el pie y la colocó en un lugar inalcanzable para Rui Patricio.

Luego, los uruguayos se metieron atrás y a aguantar. Portugal lo tuvo tras un error de Muslera y no acertó. Faltando 20, Cavani se lesionó y pidió el cambio. Sin una de sus estrellas, solo quedaba sufrir para los sudamericanos. Pero sufrir es la manera rioplatense de ganar.

Habrá que ver la gravedad de la lesión de Cavani para determinar las posibilidades uruguayas de llegar a semifinales.

Cristiano Ronaldo finalmente se encontrará con Messi. Pero no en cuartos de final, sino en el aeropuerto. Eso pasa cuando no se los ayuda sino que se les pide una salvación.

Sobre El Autor

Daniel Wizenberg (Argentina, 1989) es capaz de comer medio kilo de dulce de leche por día y parrilladas de carne sin una hoja de ensalada, con algo de culpa porque en el fondo cree que los vegetarianos tienen razón. Dejó de viajar con mate después de las dificultades que tuvo en algunas aduanas para explicar que se trataba de una infusión y no de drogas -de verdad no eran drogas-. Nació en Buenos Aires, donde estudió Ciencia Política, donde rebota cada tanto y donde, sabe, siempre empezará y terminará cualquier viaje. Escribió para Revista Anfibia, Le Monde Diplomatique, El Mundo de España y Russia Today entre otros medios. También “trabajó” en televisión y radio. En 2016 un texto suyo fue seleccionado en los Premios Gabriel García Márquez de la FNPI -debe haber sido un error- entre los diez mejores de Iberoamérica.

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