Los  y las iraníes parecen vivir el último eslabón de una cadena de desilusiones. La decisión de Estados Unidos de abandonar el acuerdo nuclear hiere de muerte las esperanzas de florecimiento de una economía en estado crítico. La pérdida de confianza en el gobierno de Hasán Rouhaní reaviva los cuestionamientos hacia el régimen de los Ayatollahs, agita el fantasma de la protesta social e impulsa el retorno de los ultranacionalistas al poder.

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El acuerdo nuclear firmado en 2015 entre Teherán y Washington permitió que las inversiones de las multinacionales europeas regresaran y el petróleo iraní se insertara nuevamente en los mercados internacionales. Si bien el acuerdo presentó un crecimiento de la economía, éste no se tradujo en una mejora de las condiciones de vida de los iraníes.

El desempleo alcanza un 12% y asciende a un 30% entre los menores de 25 años: el acceso a la educación universitaria no se ve reflejado luego, en la inserción en el mercado de estar calificada, la juventud no consigue empleo. Además, existe una brecha entre el acceso al empleo entre los jóvenes que viven en las grandes ciudades y los que habitan las zonas rurales.

La generación posrevolucionaria ve frustrados sus anhelos de ascendencia social y guarda cierto recelo hacia los “valores religiosos” sostenidos por una revolución que definitivamente no le pertenece.

Shahab es camarero en un bar de Shiraz, la cuarta ciudad en importancia del país, sus trabajos no suelen durar más de tres o cuatro meses. Lo que más le gusta es estar en contacto con los extranjeros que visitan este destino turístico; es por eso que aloja huéspedes por medio de la plataforma Couchsurfing, a pesar de que está prohibido. Con 27 años, vive aún en la casa de sus padres, junto con tres hermanos y una hermana. “Me gustaría poder salir del país, y vivir en una ciudad como New York o París”. La situación económica, la sensación de no poder progresar, la censura y los controles sobre la vida privada hace que muchos iraníes describan la situación como “asfixiante”.

En el sistema político iraní conviven un parlamento y un gobierno electos, con una figura, que detenta gran parte del poder: El líder Supremo. Este puesto fue creado por Ruhollah Khamenei tras su victoria revolucionaria y heredado a su muerte por Alí Khomeini, ayatollah y actual líder político del país. El líder tiene entre sus competencias designar a la cabeza del sistema judicial, a seis de los miembros del Consejo de Guardianes, a los comandantes de las fuerzas armadas y de la Guardia Revolucionaria, a los líderes clericales y a los responsables de las emisoras radiales y de los canales de televisión. Además, ejerce influencia sobre las decisiones del presidente del gobierno.

Foto de María Constanza Cota

Foto de María Constanza Costa

Si para los “hijos” de Khamenei la situación es adversa, lo es mucho más para sus “hijas”, sobre quienes pesa un status jurídico diferencial que consagra la desigualdad de género y las condena a ser ciudadanas de segunda.

“Pensar una vida independiente para las mujeres se hace realmente imposible si no se solucionan los problemas económicos de este país”, dice Simin, profesional de 31 años, que estudió artes en la universidad y trabaja como empleada administrativa en una revista de actualidad. Simin pertenece a la clase media progresista de Teherán que se esperanzó con la llegada de los moderados al gobierno, luego de 8 años en el poder de Mahmud Ahmadineyad, representante del ala ultranacionalista. Debido a la inestabilidad económica, tuvo que abandonar el departamento que compartía con su hermana en el norte de la capital, una de las zonas más acomodadas, y regresó a vivir con sus padres.

El movimiento feminista tiene en Irán una larga tradición, la revolución del 79’ dejó en suspenso los derechos que habían sido conquistados. Este retroceso se hizo palpable en una serie de medidas: en primer lugar, se prohibieron sus organizaciones, se bajó la edad mínima para contraer matrimonio y se le otorgó la patria potestad al hombre. La ley islámica o sharía consagra la supremacía masculina en muchos aspectos de la vida pública y privada y le otorga control sobre las decisiones de las mujeres.

Padres, hermanos o maridos son los que deciden si las mujeres tienen permitido trabajar o no. La ley establece, además, que la mujer vale menos que un hombre, en caso de accidente o muerte. El valor de la indemnización por la vida de un hombre es el doble que el de una mujer. A esto se suma la obligación de respetar el código de vestimenta islámico que les exige a las mujeres cubrir su cabeza con un pañuelo, vestir ropa holgada que cubra sus caderas y muslos y les prohíbe usar faldas cortas.

Durante el período en que gobernó Mohamed Jatamí (1997-2005) representante del ala reformista, estas restricciones se volvieron más flexibles. En los centros urbanos aparecieron las pashminas de colores para cubrir una mínima porción de cabello, y la ropa ajustada al cuerpo que contrastan con los chadores negros que se usan en las ciudades más conservadoras del país.

A las limitaciones que impone el régimen a las libertades de las mujeres, se suman las prohibiciones dentro de las propias familias. El núcleo familiar, cuyo jefe de familia siempre es hombre, actúa como una suerte de “Estado paralelo” que establece el verdadero alcance de la libertad de las iraníes. “Si la familia lo permite las mujeres podemos tener una vida más libre, pero esto no sucede en todos los casos. Y aun así cuando la familia está de acuerdo, el estigma social en algunas comunidades puede ser muy grande”, asegura Simin.

Foto de María Constanza Cota

Foto de María Constanza Costa

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La larga marcha de las mujeres iraníes

A pesar de las restricciones que les fueron impuestas luego de la revolución, las mujeres siguieron gozando de derechos que las ubicaron en una situación considerada por muchos como “privilegiada”, si se las compara con sus vecinas saudíes o afganas.  En Irán, las mujeres pueden conducir un automóvil o poner un negocio. Además, fue uno de los primeros países de medio oriente en permitir que ingresen a la universidad y esto se mantiene en la actualidad.

La educación ha tenido un rol fundamental en el surgimiento de una generación de mujeres iraníes que encontraron en las aulas una excusa para posponer el matrimonio, acceder a una ventana al mundo, ganar prestigio dentro de la sociedad y dotarse de mayores herramientas para recuperar el control sobre sus vidas. La segregación de sexos dentro de las universidades permitió que quienes profesan activamente su religión puedan acceder a la educación superior.

Actualmente, el 62% de los estudiantes universitarios son mujeres. Al aumento en los niveles educativos se suman las nuevas tecnologías. El acceso a internet y a la televisión satelital -cuando logra escapar a la censura- permitieron que las iraníes de menores recursos también puedan consumir contenidos culturales occidentales, que les permiten tener una mirada diferente sobre la condición de la mujer en otros lugares del mundo.

El alto nivel educativo alcanzado por las iraníes tuvo también su impacto en la representación política, ya que la Constitución establece que sólo aquellas personas que poseen un título equivalente a una maestría pueden llegar a una banca. En las elecciones celebradas en 2016, primera vez desde el inicio de la revolución, el parlamento tuvo la mayor cantidad de mujeres electas: de 290 escaños que se pusieron en juego, ellas lograron obtener 17, que superaron en número a los clérigos que sólo llegaron a 16. La mayoría de las diputadas pertenecen a las corrientes moderada y reformista.

La lucha de las mujeres se centró en la última década en conseguir un status jurídico similar al de los hombres, y han alcanzado pequeños resultados dentro de la teocracia conservadora. Por ejemplo, en 2004 se modificó la ley de custodia; desde entonces, las mujeres pueden lograr tener la guarda de sus hijos si se comprueba que el marido no los trata bien, es adicto o tiene mala reputación. En los últimos 15 años aumentó cuatro veces la cantidad de matrimonios que terminan en divorcio. Mujeres de todas las clases sociales presentan, cada vez más, demandas que les permitan acceder a la tutela de sus hijos.

En 2005 cientos de mujeres se lanzaron a las calles durante la “Campaña por Un Millón de Firmas”, que buscó poner a las iraníes en un pie de igualdad en las leyes sobre matrimonio, divorcio, adulterio y poligamia. La iniciativa terminó con decenas de militantes y activistas en la cárcel. Si algo quedó en evidencia luego de la campaña, fue que las mujeres organizadas eran capaces de ejercer la presión sobre el régimen que alertó a los nacionalistas conservadores, quienes las colocaron en el “punto de mira”.

En 2008 la revista Zanan, dedicada a la defensa de los derechos de las mujeres y que contaba en ese momento con una tirada de 40 mil ejemplares mensuales, fue clausurada por el gobierno.

En el periodo que va desde la Revolución Islámica y hasta el final de la guerra con Irak, Teherán llevó a cabo políticas exitosas para aumentar la cantidad de nacimientos. Hacia finales de los 80’ el país llegó a los 6,5 hijos por mujer. Una vez terminado el conflicto armado, Irán atravesaba una grave crisis económica y un deterioro en la calidad de vida de su población; entonces, la política destinada al control de la natalidad cambió: se implementó el reparto masivo de preservativos y de subsidios públicos a las esterilizaciones, que redujeron la fertilidad al 1,7 actual.

Foto de María Constanza Costa

En 2012 Khomenei pidió revisar la política de población y de control familiar, con el objetivo de incentivar a los iraníes a tener más hijos para afianzar la “identidad nacional” y no dejarse influenciar por el “estilo de vida occidental. El ayatollah desafió a las autoridades a generar políticas para alcanzar la cifra de entre 150 y 200 millones de habitantes (frente a los aproximadamente 78,5 millones que tenía entonces el país) con medidas tales como recortar las ayudas para métodos anticonceptivos y desmantelar el estatal Programa de Planificación Familiar y Población.

El gobierno de los ultranacionalistas se congració con el líder supremo y en agosto de ese mismo año anunció el fin del financiamiento público para algunas políticas, como las vasectomías, y alentó la procreación con una serie de medidas como la ampliación de las licencias por maternidad. En 2014, el parlamento iraní aprobó una ley que limita intervenciones quirúrgicas, como las ligaduras de trompas, y prohibió la publicidad sobre métodos de control de la natalidad. Los sectores reformistas de Irán, las organizaciones de mujeres y algunos organismos internacionales, leyeron estas medidas como un claro intento por devolver a la mujer a la esfera privada del hogar y al cuidado de los hijos.

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Recuperar la economía y atraer inversiones fueron los ejes principales del discurso de campaña de Rouhaní. Para lograr esto era imprescindible la firma del acuerdo y el levantamiento de las mencionadas sanciones. En una demostración de pragmatismo, el líder moderado también se comprometió a incluir a las mujeres en su gabinete de gobierno y a realizar las reformas necesarias para terminar con la discriminación. Durante su primer mandato los avances en la materia de género fueron nulos y la situación económica tampoco mejoró notablemente, razón por la cual la decepción de las iraníes es doble.

 El aumento vertiginoso del costo de la canasta básica y un nivel de desempleo que alcanzaba un 12,7%, según datos del Banco Mundial, fueron las principales causas que dispararon en diciembre de 2017 una serie de movilizaciones que se iniciaron en la ciudad de Mashad y en poco tiempo se expandieron por todo el país. Otro de los motivos de las protestas fue la denuncia de corrupción que pesa sobre la elite clerical y la Guardia Revolucionaria. Las protestas, que se sucedieron durante diez días, fueron cobrando fuerza, llegaron a cuestionar la legitimidad del gobierno y exigieron un cambio en el sistema.

Un mes más tarde, cuando aún el eco de las manifestaciones recorría las calles, las jóvenes iraníes desafiaron a las autoridades con un acto de resistencia civil. Todo había comenzado una tarde de un miércoles de diciembre cuando Vida Movahed, una joven de 31 años, se paró sobre una cabina metálica en la calle Enghelab (”Revolución”) de Teherán, ató su pañuelo blanco a un palo y lo hizo flamear en señal de protesta contra el uso obligatorio del hiyab. La noticia no tardó en viralizarse y mujeres de todo el país comenzaron a hacer lo mismo.

El saldo, 29 manifestantes de ambos sexos fueron detenidos por la policía religiosa. El puntapié de este movimiento había sido la convocatoria lanzada en 2014 por la activista MasihAlinejad (que vive autoexiliada en EE.UU.). En su página de facebook “My Stealthy Freedom” (Mi libertad clandestina) mujeres de todo el país publican sus fotografías sin velo, muchas de ellas tomadas en lugares públicos. Desde esa página la activista lanzó una campaña para que todos los miércoles las mujeres lleven pañuelos blancos y se los quiten en señal de protesta.

La desobediencia civil se expande por todos los campos. En 2006 el cineasta Jafar Parnahi denunció en su película Offside la prohibición que desde 1981 pesa sobre sus compatriotas mujeres. A las cuales no se les permite ingresar a los estadios de fútbol cuando se enfrentan equipos masculinos. En marzo de este año, la imagen de cinco jóvenes vestidas como hombres, con pelucas y barbas falsas incluidas, sentadas en las gradas del estadio Azadi de Teherán, recorrió el mundo. Esa pequeña victoria fue aplaudida por militantes feministas de todo el planeta. Estas fanáticas del Persépolis lograron desafiar la discriminación que pesa sobre las mujeres. Tanto Ahmadineyad como Rouhaní incumplieron su promesa de designar zonas específicas de los estadios para que las mujeres pudieran asistir a los partidos; una vez más cedieron ante la presión del clero.

“Cuando regreses a tu país, por favor contá cómo es el verdadero Irán”, me grita Aisha desde las escaleras de la estación Taleghani en línea 1 de metro, que cruza los principales puntos de Teherán. Aisha es una de las decenas de vendedoras ambulantes que ofrecen desde medias de nylon hasta cepillos de dientes, en el vagón del metro reservado exclusivamente para mujeres.

Es que, a pesar de la desigualdad consagrada en las leyes, hay un 2, 5 millones de mujeres jefas de hogar, de las cuales un 80% están desocupadas. En muchos casos deben hacerse cargo de sus familias cuando sus maridos entran en proceso de desintoxicación por adicciones a las drogas o al alcohol. En un país con un severo código de conducta, estas sustancias están prohibidas, pero pueden encontrarse en el mercado negro y se consumen mayoritariamente en el ámbito privado. El estado iraní cuenta con más de cien centros de rehabilitación.

Las promesas de Rouhaní en relación con el progreso del país y los derechos de las mujeres, parecen haber naufragado en un mar de incertidumbre. El aislamiento y la demonización que sufren los iraníes en el plano internacional es algo que dispara directo al corazón de un pueblo hospitalario y con una fuerte identidad nacional. El pedido de Aisha se repite en todos los sectores sociales y los géneros; hay otro Irán que debe darse a conocer al mundo, con los jóvenes y las mujeres como protagonistas.

Foto de María Constanza Costa

*Los nombres de los entrevistados fueron cambiados para preservar su identidad ya que la periodista entró como turista al país.

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Sobre El Autor

Maria Constanza Costa

Nació en Capital Federal pero vivió la mayor parte de su vida en el conurbano bonaerense. Se recibió de politóloga en la Universidad de Buenos Aires y es docente en distintas universidades nacionales. Hace algunos años le propusieron trabajar en un portal de noticias sobre América Latina, y desde entonces no paró de colaborar con distintos medios nacionales e internacionales. Con su 1,55 de altura se desplazó por rincones del mundo, de Occidente a Oriente y viceversa, a los que jamás se hubiese imaginado llegar. Completó su formación periodística en la Universidad de San Andrés y en la sección de Política Internacional del diario Clarín.

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