¿Cómo romper el pudor de tener un padre genocida?

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Bibiana Reibaldi es una de las líderes del movimiento que aglomera a familiares de miembros de la última dictadura militar de Argentina que, al contrario de lo que se podría llegar a pensar, luchan por conocer la verdad y se unen a las voces del Nunca Más; ante la confusión y la adversidad, su historia es una de las tantas desobedientes que no respeta la norma en una familia militar.

Luchaba en soledad, contra sí misma y con insólita vergüenza. Con el tiempo rompió en secreto con cada uno de los dictados que se le habían impuesto como hija de un militar retirado que, en 1972, volvió a las fuerzas como personal civil de Inteligencia. “Yo no pregunto cómo haces tu trabajo, vos no preguntes cómo yo hago el mío” había sido la respuesta de su padre al preguntarle a qué se dedicaba. La ética chocaba con ese mandato de silencio entre los sentimientos de Bibiana, una chica que a sus 18 años  había terminado sus estudios en un colegio católico y ya como estudiante de psicología de la UBA tejía una nueva telaraña de realidad.

El juicio a las Juntas esclareció un panorama que de hecho estaba bastante claro: durante la última dictadura militar en Argentina, entre 1976 y 1983, Julio Reibaldi, su padre, había coordinado grupos de jóvenes que salían a buscar a las personas que él identificaba para llevarlos a centros clandestinos de detención. “Me quería convencer de que estábamos en guerra y que, como en toda guerra, mueren inocentes. ‘¿Qué guerra?’ me preguntaba yo, que escuchaba sobre familiares desaparecidos de compañeras de la universidad y sobre cómo una madrugada un grupo de uniformados entraron brutalmente a la casa del marido de una coordinadora de la obra social en la que trabajaba. Eso no era una guerra”.

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Sentada en un sofá que da a un ventanal que deja ver desde la altura un coqueto panorama del barrio de Palermo, Bibiana dirige la vista hacia las nubes para reflexionar y hablar. Tanto en la vida como en la entrevista de a poco va soltando sus sentimientos; necesita un sostén, un apoyo, algo que le garantice que podría expulsar todo lo que piensa sin llegarse a tumbar.

Los reiterados enfrentamientos con su padre, con quien compartía confianza al hablar y difería posturas ideológicas, la llevaron a poner en balanza a la justicia y la familia: sus valores morales fueron más. Su pensamiento, que no coincidía con el estereotipo de hija de militar, la aislaron incluso de la sociedad y la vergüenza de ser tal la privaron por muchos años de admitir quién era. Un libro publicado en marzo de 2016 fue el desencadenante que cambió su paradigma.

“Hijos de los 70”, de las periodistas Carolina Arenes y Astrid Pikielny, cruzó a Analía Kalinec y Liliana Furio, dos hijas de genocidas que fueron entrevistadas. En mayo del 2017 ambas marcharon juntas contra el fallo del 2×1 que concedió la Corte Suprema de Justicia, donde se intentó implementar que en delitos de lesa humanidad que hayan tardado más de dos años en contar con una sentencia firme puedan computar doble el tiempo en el que hayan estado detenidos.

Bibiana las contactó por Facebook y tras algunos mensajes de texto tuvo la oportunidad de conocerlas apenas unas semanas después, cuando la invitaron a participar en una marcha llamada “Ni una menos”.

“Quedé conmovida porque hacía muchos años que estaba buscando a mis pares y había pensado que estaba sola en cuanto a mi posición ética y mi forma de ver las cosas como hija de genocida. Nos encontramos porque nos buscamos, no fue de casualidad”, cuenta emocionada Reibaldi, que recuerda su reacción al verse debajo del lema “Hijas e Hijos de Genocidas por la Memoria, Verdad y Justicia” escrito en una bandera argentina: “Nunca había pensado en mi padre como genocida hasta ese momento”.

El mandato de silencio regía tanto en la casa de Bibiana como en la de Analía Kalinec o en la de Liliana Furio. El secretismo era un patrón que se repetía en todas las familias de militares, mucho más si lo que se ocultaba era de repudiar. El pudor se convirtió en un peso que Bibiana tuvo que cargar por décadas, incluso ante personas que confiaba o eran de su entorno: “En la facultad conocí a la hija de un marino, nos hicimos amigas y recién en la década del 90 le dije que ya era hora de que habláramos del tema. Me respondió que ella de ese asunto nunca iba hablar y desde ese momento cortamos relación. También a otra amiga que conocí en 1978 le pude contar 20 años después sobre los trabajos de mi papá durante la dictadura. Siempre había dicho que era militar retirado y nada más. Tenía una vergüenza tan devastadora que no podía hablar, sentía que me rompía en mil pedazos como un vidrio que estalla por dentro sin llegar a destrozarse”.

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Desde que se separó de su esposa en 1970, Julio Reibaldi veía a su hija una vez por mes mientras vivía en el edificio del Batallón 601 en la intersección de las calles Viamonte y Callao, donde se planificaba toda la inteligencia del genocidio. Las preguntas de ella acabaron en 1976, cuando aconteció el golpe de Estado, y Julio Reibaldi ya había atado los cabos suficientes como para entender el contexto.

“Tuve que dejar de ir a la UBA porque tenía miedo. Ir a la universidad en esos años implicaba tener que pasar por carros policiales y militares por todas partes. Le tenía fobia a las armas, incluso mi propio padre uniformado me daba miedo. Él siempre me decía que desde la facultad ‘me lavaban el cerebro’, pero yo ya era una mujer inteligente y con criterio como para que me digan qué es lo que tengo que pensar”, reflexionó Bibiana sobre aquellos años oscuros que le tocó vivir, bastante diferentes a los siguientes, aunque el silencio siguió prevaleciendo en su padre: “En los 90 él no podía seguir negándolo, aunque siempre trataba de demostrar de que había habido una guerra. Yo le decía que lo acompañaba a confesar, que conseguía un fiscal, pero no quería saber nada. Le pedía que por lo menos me diera el apellido de alguna familia que se haya apropiado de un bebé, pero nunca me lo dio tampoco. Creo que no estaba arrepentido y por eso se murió sin confesar”.

Bibiana Reibaldi

Bibiana habla de su padre con demasiada soltura, mucho más de lo que se podría imaginar. En sus palabras se nota que ya ha superado aquella etapa de secretismo y de que es hora de destapar todo lo mucho y lo poco que tiene escondido en su memoria. La liviandad al recordar anécdotas es el resultado del colectivismo: cada uno de los miembros de Historias Desobedientes ha atravesado años de silencio, pero agarrados de la mano han venido quebrando la barrera de la vergüenza para no callarse nunca más.

Dos años después de toparse con la página “Historias desobedientes y con falta de ortografía” que Analía Kalinec creó en Facebook, la expansión del grupo va en ascenso. El silencio que regía en sus casas se empezó a derrumbar bajo la unión de todas las personas que estaban en la misma situación y que como efecto dominó fue incorporando nuevos adherentes: hermanos, sobrinos, nietas, ex esposas, ahijados. Ir en contra de sus familias era romper relaciones y vínculos de afecto, era remar contra la corriente, era justamente ser un desobediente.

Hoy son más de 50 socios y la idea incluso llegó a Chile, donde el contagio provocó que muchos familiares de miembros de las Fuerzas Armadas de Pinochet se motiven a protestar por la verdad. “La mayoría de los familiares que avalan el accionar están apoyados por su entorno, no necesitan terminar con nada; en cambio nosotros tuvimos que romper con el mandato de silencio, con la vergüenza, con el patriarcado, con nuestras familias. Queremos encontrar desobedientes en toda Latinoamérica para que se puedan visibilizar y hacer notar su voz”.

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Todos los miércoles, en el departamento de Bibiana, se reúnen las cinco o seis personas que más involucrados están en Historias Desobedientes, mientras que cada 15 días se juntan todos los miembros. “Estamos en tratativas de ser una asociación civil y ya presentamos todos los papeles para que nos salga la personería jurídica, algo que nos va a dar un marco legal”, explicó Reibaldi sobre uno de los avances más recientes del grupo. Y agregó: “Tenemos muchos objetivos, principalmente que sigan floreciendo desobedientes. Así como las Abuelas de Plaza de Mayo quieren buscar nietos, nosotros queremos desobedecer. Queremos visibilizar que todavía hay genocidas vivos, algunos prófugos y otros presos con privilegios, muchos que nunca se los ha exonerado de las Fuerzas Armadas y siguen cobrando sueldos excepcionales. En 2017 presentamos un proyecto de ley en el Congreso para modificar dos artículos del Código Procesal Penal que prohíbe a los hijos testificar o denunciar en contra de sus padres, algo que debería aplicar en todos los casos pero nosotros exigimos que, para empezar, tome vigencia en delitos de lesa humanidad”.

Que haya rebeldes por aquí y por allá; en Argentina y en Chile; que la valentía se vuelva un virus y todos salgan a admitir su realidad. Básicamente eso era lo que transmitía Bibiana, una mujer de 60 años que lucha por sus derechos como le hubiese gustado luchar en su adolescencia si el destino no la hubiese colocado en el seno de una familia militar. Después de muchos años de silencio y negación, asimilar ser hija de un genocida, plasmarlo en una bandera o decirlo en una entrevista era un alivio que incluso se dejaba ver desde sus ojos. Un alivio que en el fondo no gustaba, pero no hay mayor incomodidad que la de ocultar la realidad.

“El silencio Nunca Más” y “Nos reconciliamos” son algunos de los eslóganes que eligieron los desobedientes para enmarcarse. Ante tanta obviedad y lemas explícitos en sus banderas, a mucha gente le cuesta entender qué reclama el grupo: “La primera vez que aparecimos muchos nos preguntaban si éramos hijas de desaparecidos. Causó mucha perplejidad en sectores de derechos humanos el hecho de que familiares de genocidas repudiaran el accionar. Es comprensible porque la mayoría de los familiares de militares avalan lo ocurrido, pero nosotros no venimos a defenderlos, venimos a repudiarlos”.

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Las páginas de un libro fueron las culpables de unir los caminos de dos personas que necesitaban atravesar un mismo sendero que en soledad daba pánico recorrerlo. Analía y Liliana fueron el desencadenante que atrajo a más gente a ese camino. Gente como Bibiana, que siempre creyó estar perdida y sola; gente como el medio centenar que también decidió anteponer sus valores morales antes que la obediencia familiar. Hoy los desobedientes, unidos, son uno solo. Son uno solo que no le teme a las adversidades que podrían llegar a encontrarse; son uno solo que razona, que reflexiona, que concluye; son uno solo que también grita nunca más.