Este 17 de Abril, Chavela Vargas hubiera cumplido 98 años. Latinoamérica es tierra. De la tierra salen sus cantores y cantoras. Somos nuestras cantoras. Esta crónica  habla de Chavela a través de su bar, el Tenampa. Porque también somos los bares a los que volvemos.

Chavela Vargas se planta frente al micrófono.

Levanta los brazos. Como implorando, fija la mirada en el cielo. Con la voz cuarteada por el alcohol y los años, se arranca:

Tómate esta botella conmigo
y en el último trago nos vamos
Quiero ver a qué sabe tu olvido
sin poner en mis ojos tus manos

En el “rincón de la cantina” y alrededor de una mesa austera, sus amigos de distintas épocas la miran complacidos. Están ahí Frida Khalo, a quien consideró el amor de su vida; María Cortina, su amiga de los últimos años, biógrafa y confidente; y –disfrazado de cantinero– Guillermo Sánchez, su productor y “admirador número uno”.

Y también José Alfredo Jiménez, quien le disputaba el aguante con las bebidas. Un viernes llegaron juntos a este lugar, El Tenampa, y salieron hasta el lunes siguiente, sostenidos mutuamente en la puerta de entrada cuando el sol les achicharró los ojos.

Parranda y Tenampa
Mariachi y canciones
Así es como vivo yo…

Además están los españoles Pedro Almodovar. Joaquín Sabina y Miguel Bosé, quienes la rescataron del olvido después de que en el verano del 92 el editor ibérico Manuel Arroyo la redescubrió de casualidad en el bar El Hábito y se la llevó con puras súplicas a España; ellos la convirtieron en ícono de la autenticidad gay, símbolo de la resistencia lésbica en una tierra de machos en tiempos de machos.

Las amarguras no son amargas
cuando las canta Chavela Vargas
y las escribe un tal José Alfredo.

El pintor guanajuatense Felipe González Aguilera, Ferguz, imaginó así a Chavela Vargas: en serenata casi íntima con sus amigos, cantándoles En el último trago de José Alfredo Jiménez; así la plasmó en un oleo de 4×3 metros que completa la galería de “los grandes” de la música ranchera que adornan las paredes del Tenampa.

La develación del mural de Chavela Vargas en el Tenampa. Foto: Xinhua

La develación del mural de Chavela Vargas en el Tenampa. Foto: Xinhua

Chavela no llegó a ver la obra. Fue develada el 4 de septiembre, 31 días después de su muerte y tres meses y medio después de que La Chamana visitara por última vez el Tenampa, el domingo 15 de abril.

A las 4 de la tarde de ese día Chavela estaba eufórica. Recién había terminado el concierto La Luna Grande, en homenaje a Federico García Lorca, y el público que colmó Bellas Artes la había ovacionado hasta el cansancio.

–Vamos a celebrar, vámonos al Tenampa– pidió Chavela a sus colaboradores y amigos.

La sacaron en su silla de ruedas y la subieron a una Van blanca que recorrió por Eje Central las cinco cuadras que separan a Bellas Artes de la Plaza Garibaldi. El chofer intentó ingresar a la plancha de la plaza. Un policía le marcó el alto.

–¡Párese! ¿Qué no ve que está prohibido?

María Cortina intervino:

–Traemos a Chavela Vargas y vamos al Tenampa.

El policía atisbó por la ventanilla. Descubrió la figura pequeña, la cabeza blanca, los lentes oscuros y una sonrisa de abuela tierna.

–Orita la acompañamos, mi jefa– dijo y se fue corriendo a su patrulla. Puso ésta frente a la Van y la escoltó en el trayecto de escasos 90 metros hasta la puerta del Tenampa.

Cuando Chavela apareció en la entrada, “los mariachis callaron”. Los comensales, de pie, le dieron la bienvenida con aplausos. En chinga, los meseros juntaron varias mesas para la doña y sus acompañantes. Se habían sumado su manager Marian Giuly, la bailarina española Cecilia Gómez y la fotógrafa Alicia Arrangoiz, entre otros. “De repente ya éramos como 30 personas. Todas alrededor de Chavela”, recuerda Guillermo Sánchez.

Martín, mesero del Tenampa, le sirvió a Chavela “lo de siempre”: tequila Herradura blanco. “Derecho. Así era como le gustaba”.

Los acompañantes charlaban animados en grupos. Marian Guily “chateba” con Almodóvar por el celular y le leía los mensajes a Chavela. Un mariachi empezó a tocar “las clásicas” que arañan los sentimientos.

Hasta que te conocí
vi la vida con dolor
No te miento, fui feliz
aunque con muy poco amor

Entrada en copas, Cecilia Gómez se subió a una mesa a bailar la pieza de Juan Gabriel al estilo flamenco. La bajaron dos guardias de seguridad ante los abucheos del respetable.

En medio del jolgorio, Guillermo Sánchez se puso a observar las paredes del Tenampa, tapizadas de pinturas de autores y cantantes famosos de la música vernácula: José Alfredo Jiménez, Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís, Lucha Reyes… Dice que pensó que ahí hacia falta Chavela. Le perecía injusta su ausencia. Recordó que ya le había pedido autorización a La Chamana para que Ferguz le hiciera un mural en su casa de Tepoztlán. “Ándale pues”, le dijo ella. Así que pensó que el mejor lugar para esa pintura sería El Tenampa. Se propuso regresar para hablar con el dueño y pedirle permiso de colocar una pintura con la imagen de La Chamana. “Regresé como un mes después y, para mi sorpresa, el dueño nos regaló un pedazo de muro, justo a lado donde se encuentra la imagen de José Alfredo Jiménez”, explica.

Como a las 6:30 de la tarde, Chavela dijo que ya se iba a su casa de Tepoztlán, pero quería agradecerles a todos su amor y su compañía. En una suerte de despedida, habló de la muerte.

Comentó que antes de morir quería realizar tres sueños: grabar un disco en homenaje a García Lorca, cantar en Bellas Artes y regresar a España. “Dos ya los cumplí. Uno justo hoy. Voy por el tercero. Voy a España a recoger mi alma”, dijo. Y se echó su trago de tequila. Fue su último trago en el Tenampa.

🎤🎤🎤

Chavela Vargas, ilustración de Diego Martínez.

Chavela Vargas, ilustración de Diego Martínez.

Sobre El Autor

Homero Campa

(México, 1963) Nació en un pueblo polvoriento del Valle del Mezquital, Hidalgo, donde forjó su primer sueño aún sin cumplir: ser cobrador en autobuses de pasajeros. Se enamora de las causas perdidas y arría las banderas sin esperar la firma de la paz. Suele ser un “triste con vocación de alegre” que llora con mariachi las penas propias y ajenas. Voyerista contumaz, no tiene –como Sabina– “más religión que un cuerpo de mujer”. Y aún cree –¡oh iluso!– que sus amigos pueden salvarlo de la soledad.

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