Según el indispensable Diccionario del Español de México (editado y promulgado por El Colegio de México) ser chairo es un adjetivo peyorativo utilizado para describir una “Persona que defiende causas sociales y políticas en contra de las ideologías de la derecha, pero a la que se atribuye falta de compromiso verdadero con lo que dice defender; persona que se autosatisface con sus actitudes.” En este esclarecedor texto (fuera de elucubraciones o improvisaciones) desdoblamos el concepto hasta su última consecuencia y, sin querer competir con la prestigiosa institución, nos animamos a completar su significado. ¿Cómo? Narrándolo. Narrándolo a lo chairo. 

 

La actitud del flâneur: una abreviatura de la actitud política de la clase media…

Walter Benjamin, Libro de los pasajes

Rubén Albarrán es un espantapájaros bamboleándose en el escenario y refulgiendo bajo la luna. Es ocho de noviembre, a unos kilómetros de Atlacomulco, paraíso del hampa priista. Ahí está el vocalista de Café Tacvba remando el aire. Ahí están 25 años después de tocar en hoyos fonquis de la Ciudad de México.

Albarrán es un fantasma, partícipe de figuras inventadas, quizá un chairo —o un flâneur—. En cualquier caso, el escenario es el lugar de sus apariciones ficcionales. Juan, Cosme, Anónimo Intransigente e Intolerante, Massiossare, Nrü, Amparo Tonto Medardo In La’ Kech, G-3, Gallo Gasss, Élfego Buendía, Rita Cantalagua, Sizu Yantra, Ixaya Mazatzin Tleyotl, Ixxi Xoo, Cone Cahuitl, «K’kame» y Zopilote, han sido su sombra durante 25 años. El consumo del significado es más rápido que la elaboración de una hamburguesa de McDonalds. Ahí está el pan, la carne y los pepinillos, listos para morder.

Su múltiple personalidad es materia discutible, pero lo cierto es que Albarrán, paradigma del desposeído (pero también del clasemediero), baila en el epicentro del chairismo. El chairismo de masas.

Ahí está Zopilote con una voz de jarabe denso: «Que no los confundan, esto fue un crimen de Estado (lo de Ayotzinapa). Es muy triste muchachos, desgraciadamente somos parte de los mismos. Tenemos que hacer una revolución de conciencia, no basta con gritar en un concierto, no basta con manifestarnos, hay que realizar un cambio de conciencia, en uno mismo, llevarlo día a día, hacer un pequeñito cambio aunque sea. De alguna forma, tenemos que encontrar una forma de ir desmantelando el sistema opresor que vive en nosotros», pregona con un aire infantil en el escenario.

El concierto se sitúa como un velo ante el chairo: ahí se reconocen en soledad. A juzgar por las aromáticas nubes de vaho encima de los asistentes, su hierba favorita es la marihuana. «¡Fuera Peña! ¡Fuera Peña!» Coreaban los asistentes como respuesta.

Rubén Albarrán chasquea la lengua y hace una reivindicación crucial: el único lugar de donde podemos expulsar a Peña es de nuestro corazón, de nuestras entrañas.

El concierto es la realización de un laberinto. Esta es la realidad que persigue un chairo sin saberlo. Quien deambula entre la gente se siente como en un tejido onírico donde el presente se junta con el remoto pasado. «Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos» y «No me hubieras dejado esa noche…» hacen sucinto el significado del chairo: imaginan una reivindicación política, pero al mismo tiempo quieren cantar.

Café Tacvba desciende vertiginosamente por la pendiente del tiempo; Gallo Gasss nos eleva a los rascacielos y los chairos nos precipitan a la profundidad, por eso Albarrán es una alegoría del mundo chairo, consecuencia lógica de un mundo desorientado.

Y Peña sigue ahí, sereno e inmutable. Lo menos que se puede decir de él, es que es un personaje secundario, si no abiertamente mediocre, un hombre de carácter plano. Un político qualunque, antagonista del chairo.

Jóvenes piden la legalización de la mariguana en el Ángel de la Independencia. CDMX. Foto: Alejandro Saldívar

Jóvenes piden la legalización de la mariguana en el Ángel de la Independencia. CDMX. Foto: Alejandro Saldívar

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El chairo es el flâneur de nuestra época: ya no camina porque las calles son intransitables, pero sí recorre —de manera circular— su pensamiento. Para el chairo, la calle es un paisaje interior —inmensa sábana para pintar consignas—. La pancarta fluorescente, el papel kraft y las latas de aerosol tienen un valor profético en la experiencia del chairo: anuncian un mundo en donde los eslóganes políticos sólo sirven para camiseta.

Lo chairo habita en un banco de consignas en Internet: «Es obsoleto pero le llaman NEO; es opresor, pero le llaman liberalismo». «Revolución no es el nombre de una calle». «Ya nos quitaron los sueños, entonces despertemos». «No más minutos de silencio». «Los muertos no pudieron venir, yo sí». «¿Miedo? Sólo al silencio»; «NI les creo. NI les creeré». «Yo tenía un país».

El chairo es el hermano menor del zapatista, que proviene de los hombres y mujeres de maíz. Sus personajes guardan una verdad irreductible: su propósito es articular e indagar en la experiencia de existir en el mundo. Quieren ser el hermano mayor, ese que censura con gesto admonitorio. En pocas palabras, son neófitos que acabaron confundiendo el ejercicio de la crítica al capitalismo con un baño público lleno de estreñidos.

En su ideología y en su praxis, el chairismo es un determinado mecanismo de deformación del antagonismo social que supone una lógica de traslado mediante la licuefacción de comportamientos contradictorios. Los chairos están indigestos de ideología, pero siguen inflamándose la conciencia cada que les sirven una Corona familiar.

Sin embargo, lo chairo es una expresión que mágicamente cataliza la oposición de todos, incluidos lopezobradoristas, normalistas y desilusionados. Hasta ahora, la filosofía chaira no ha adquirido definición y solidez; es como un molusco que busca salir al sol. Lo chairo es una noción anfibia con varios tonos de gris. Como Albarrán, lo chairo se bambolea en su mismo significado.

Pero qué es ser chairo sino una forma de utopía. El chairo es el hombre utópico por excelencia porque vive en la permanente nostalgia. En Respiración artificial, Ossorio, uno de los personajes de Ricardo Piglia escribe: «La utopía de un soñador moderno debe diferenciarse de las reglas clásicas del género en un punto esencial: negarse a reconstruir un espacio inexistente. Entonces: diferencia clave: no situar la utopía en un lugar imaginario, desconocido».

Los chairos siguen aferrados a reconstruir un espacio inexistente. En sí mismos, ellos habitan un lugar imaginario. Esperan la llegada de las utopías pero no se dan cuenta que el comandante Chávez ya murió y que Estados Unidos declaró el fin de la Doctrina Monroe. Nuestro mundo es ese en donde el Estado Islámico destruye museos y lacera blogueros; un mundo en donde la miseria crece como construida por manos invisibles.

Los chairos son la espuma de una ola que se comprometió con el comunismo, con la izquierda y con la derecha, con la modernidad alternativa, con la deconstrucción y el anticapitalismo. La única victoria a la que puede aspirar un chairo es la de soslayar esos traumas que se ejercen contra la ola. ¿No se supone que el hombre socialista dedicaría su vida entera a la consecución de la felicidad de toda Humanidad? Coca-Cola promete lo mismo al destapar una botella.

No podemos calificar a los chairos de fanáticos izquierdistas, ya que ello implica una certidumbre metafísica acerca de lo que supondría el no ser un chairo. Su razón de existencia va más allá de Platón, Descartes y Hegel, los tres pilares de la metafísica occidental. Junto con los chairos estamos ante el umbral de una nueva sociedad medieval, escondida tras un nuevo orden mundial (dixit. Slavoj Žižek).

Marx y Lenin constituyen su bagaje de pensamiento. La Pachamama y la noción de sumak kawsay (el buen vivir) su aspiración de vida. Sin embargo, al mismo tiempo, el indigenismo es un elemento que sólo existe en la escuelita zapatista o en las blusas bordadas del mercado de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. ¿Es tan importante el pensamiento materialista en la ideología de los chairos?

Los más avanzados —posmarxistas críticos— sostienen que la libertad del sujeto burgués se arraiga en la división de clases; y «lxs» feministas parten del supuesto de que toda realidad parte de una formación patriarcal masculina. Los menos, se dicen discípulos de Enrique Dussel. Hablan de la mismidad y nadan en la nada. Sus discusiones giran alrededor del eurocentrismo y los planteamientos sobre la liberación epistemológica.

Hay como un exceso de retórica, una sombra utópica en su vida. Se imaginan lobos, pero sólo balan como ovejas. Lo chairo es una nueva forma de negación de lo político: su sentido consiste en permanecer todo el tiempo en el equívoco, en las dobles y triples apariencias, en las sospechas sobre lo que van a ser. Quizá, la fórmula que mejor exprese esta paradoja es la del movimiento YoSoy132.

Sin embargo, los chairos al igual que los hipsters —esa tribu de negacionistas— entrañan una forma de conciencia individual. Se sienten fuera del dócil rebaño del populacho, cuando no son más que una manada de peleles insensibles y egoístas, víctimas del onanismo intelectual.

Decir que lo chairo mantiene su genealogía en la chaqueta es una de las más enmohecidas especulaciones de los filólogos. Su fascinación por la saliva les impide darse cuenta de que los chairos conviven todos los días con ellos en las aulas de los institutos y las facultades.

En el tesoro de expresiones chairas se delata la catástrofe inminente, que dice: «ya no podemos seguir así». Para él, cualquier estado es inestable, el mundo es una gelatina permanente, aunque lo verdaderamente estable sea la decadencia inminente del mundo. El fenómeno de la vulgarización de la ideología es la experiencia fundamental del chairo.

Para el chairo, el fruto de la ociosidad tiene más valor que el trabajo. «El trabajo de toda mercancía está determinado por la cantidad de trabajo materializado en su valor de uso, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción», dice Marx en El Capital. El valor de ocio del chairo —ante los ojos empresariales— es fantasmal, por eso se pregunta si es válido venderse como fuerza trabajo.

Lo que les molesta a los chairos es la apariencia de que los otros «tienen», es decir los que aparentan tener una relación privilegiada con sus objetos. No importa que en sí mismos sean producto de la ideología del actual capitalismo global. Sus argumentos fóbicos son un reflejo defensivo: confunden el dinero con los malos sentimientos. Pareciera que ellos siguen la promesa de cuento de hadas de que los deseos se conceden.

Los chairos son el sujeto postraumático de nuestra época: un mero eco sin sentido atrapado en su propia ficción. Diría Terry Eagleton: los chairos son esos desgraciados que no aspiran a nada, excepto a subvertir toda aspiración. Tienen una tendencia constipada que ya sólo se disfruta abusando insaciablemente de laxantes.

Positivamente, los chairos son acróbatas del sentido. «En 1839 resultaba elegante pasear llevando una tortuga. Eso da una idea del ritmo del flâneur en los pasajes», escribe Benjamin. En 1975 Gerard de Nerval camina por las calles de París jalando con un cordón una langosta, apunta José Vicente Anaya en su manifiesto infrarrealista. En 2015 los jóvenes pasean con cerdos en las calles del Centro Histórico. Van a una pulquería con la esperanza de que les crezca un maguey en las entrañas.

F.A.Q.

Para avanzar de prisa, se pueden hacer varias consideraciones para el ethos chairo.

  • Lo chairo es recitar en la calle con un bafle reventado:

«¡Soy pueblo y soy proletario!

tengo tripas, sesos, corazón

y guardada la organización en Asambleas Populares,

en la almohada,

ahí juntito a los sueños guajiros…»

(fragmento de Carlos Esteban)

  • Lo chairo no es anónimo, es colectivo.
  • Lo chairo es un taco sudado en una manifestación.
  • Lo chairo gruñe poemas en uno de los vagones del subsuelo.
  • Un manifestante es chairo cuando se pone una máscara de Peña y ladra como perro en una protesta.
  • Lo chairo consiste en viajar a Holbox en vez de Cancún.
  • Consiste en cazar armadillos para la cena.
  • Consiste en comprar un pollo rostizado porque destripar un armadillo es conmovedor.
  • Consiste en el no-trabajo.
  • Lo chairo es que la desilusión valga más que el desencanto.
  • Es comprar un mezcal de cien pesos en una cantina de Coyoacán haciendo una disertación política sobre los condenados de la tierra.
  • Es postear consignas políticas en Facebook (trinchera de la abstracción por excelencia).
  • Es aspirar a ser tripulación del Rainbow Warrior de Greenpeace.
  • Es ser un autómata de la conspiración.
  • Es anteceder «compa» al usuario de Twitter.
  • Lo chairo es comer tortillas y frijoles en la escuela zapatista.
  • Es comer tlayudas con chapulines para entender la glotonería intelectual encarnada.
  • Es nombrar al pulque como «médula de guardián de la tierra» o «sangre de mayahuel» y comprarlo a cinco pesos en Coyotepec, Edomex.
  • Es meterse peyote en Real de Catorce y probar hongos en San Agustín Etla, Oaxaca.
  • Lo chairo abrevia: Ayotzinapa es Ayotzi. Todos y todas es todxs.
  • Lo chairo es proteger a la tortuga carey en el Atlántico.
  • Lo chairo es hacer un manifiesto es una época donde ya no se hacen manifiestos.
  • Lo chairo es el Dasein (el ser ahí) y también es el no ser.

Tal vez el chairo es la última encarnación del flâneur, un paseante que quiere viajar, pero no tiene para la gasolina.

Sobre El Autor

(México, 1987) Es un agente doble. Cree que las imágenes también pueden estar escritas. En su trabajo cotidiano ve cuerpos mutilados y sangre a borbotones. También cree en los mundos imaginarios, piensa el periodismo como una representación poética de lo cotidiano.

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