América Latina sigue poniendo su futuro en manos de gobiernos conservadores. El domingo pasado Colombia volvió a decirle No a la Paz y, al elegir nuevo presidente, lo que realmente hizo el país del sangrado corazón fue darle la batuta a un desconocido Duque proyectado sobre la megalomanía de su rey. 

Cuenta la historia que Colombia es un país ultraderecho, que le gusta marchar entre fascismos y totalitarismos, entre clérigos y gamonales, narcotraficantes y paramilitares. Pero eso sí: sin llamar las cosas por su nombre.

Así es Colombia: simple y sencillamente conservadora y reaccionaria. Mojigata y retardataria hasta la médula. Un país insolidario, embaucado por una testarudez digna de Record Guinness. Una nación envuelta en miedos y oscurantismos anacrónicos, y bueno, digámoslo de una vez: una patria tremendamente alucinada por el odio y la venganza. Y la sangre también.

No más adjetivos: en Colombia volvió a ganar el No. Y eso ya lo resume todo.

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Ayer en la mañana, minutos antes de que abrieran las mesas de votación para elegir al próximo presidente del país, el padre de una amiga me dijo: “Iván Duque ganará por un margen que oscila entre los 10 y los 15 puntos. Más, o menos, imposible”. Naturalmente yo descreí. Para mí, la obvia diferencia iba a ser de solo un dígito y el asunto iba a estar, según no un concienzudo análisis, sino más bien una suerte de insubsistente confianza, bordeando los 5 puntos.

La madre de mi amiga rió estruendosamente. Dije que Gustavo Petro había ganado una importante porción de nuevos votantes gracias a la alianza con el Partido Verde liderado por los centristas Antanas Mockus y Claudia López. Ellos escuchaban. Hablé un par de cosas más sobre la inclusión, la diversidad, la paz y la necesaria separación del Estado y la Iglesia en una nación tan groseramente religiosa como esta. La pareja empezó a improvisar, hablando de encuestas y periodistas famosos (reproductores del statu quo, comunicadores del miedo) para demostrarme que el país ya había decidido y que las votaciones eran una mera formalidad.

Una señora mayor se acerca a votar

Nada más cercano a la realidad.

“En doce años –prosiguió el señor- es más que seguro que el centro o la izquierda ganará, esta generación (refiriéndose a la suya que coquetea con el medio siglo de existencia) todavía no está preparada para el gran cambio, ese que este país verdaderamente necesita. Por ahora no se puede hacer otra cosa que votar por lo de siempre, es decir, por lo menos peor”. Un par de horas después el señor cambiaría su opinión: votaría en blanco. El viraje sucedió gracias a una charla que tuvo con uno de sus hijos que lo llamó desde el extranjero para convencerlo de lo perverso que resultaría votar por Duque.

Esta conversación me dejó pensando. Lo que pasa en Colombia es una auténtica guerra generacional. No hay posibilidad de diálogo, ni de nada parecido a lo distinto. Es la turbación por la otredad. El miedo a cambiar de sitio. La fe de la gran mayoría de los que ocupan el pico de la pirámide generacional es prácticamente inamovible. Los viejos piensan con una cruz incrustada en su consciencia. Los del medio están acostumbrados y resignados. No están dispuestos a perder nunca. Mejor estar del lado ganador, ¿no? Piensan con un fusil adherido al espíritu. Los jóvenes abanderan la consciencia de dejar atrás el antiguo régimen y, cansados de perder, siguen luchando, tatuados con una pintura blanca que de a poco se va deshaciendo por tanta lágrima. Los más chicos, aquellos que aún no pueden votar, son los que –parece ser- están llamados no a generar, sino a encarnar la mutación, aquel tránsito a una sociedad más libre, verdaderamente justa e igualitaria. Eso sucederá en doce años. Es cierto. Cuando estos últimos puedan votar.

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Después de votar por Carlos Gaviria en 2002, para justamente detener –sin ningún éxito- el ascenso de la aplanadora narcoparamilitar que encabezaba, y sigue encabezando, Álvaro Uribe Vélez, prometí no volver a votar nunca más. Desde chico no creo en la democracia, ni en el Estado, ni en nada que huela a empoderar a otros. Los monopolios y oligopolios económicos son los dueños del mundo y la política no es más que el tablero de ajedrez sobre el cual se mueven las piezas de esa siniestra maquinaria que piensa en cifras y pasa por encima de todo lo que no sea susceptible de ser cuantificable. En otras palabras, el lugar común que por ser tan común es más que cierto: todo está sometido al poder del dinero. Ahora bien: ¿en qué creo? En la individualidad, en el cambio subjetivo, diario y constante, y si vamos a colectivizarnos, creo rotundamente en la acción directa.

Una oficial en la registraduría colombiana

Días antes de la primera vuelta electoral colombiana, escribí en mi muro de Facebook: “Si va a votar vaya borracho, así el guayabo estará justificado, su ignorancia bendita y la obediencia aplaudida. Gane el que gane el que pierde es usted. Votar es un sinsentido que vuelve crónica su sumisión. Hoy, el candidato se inclina ante usted, y tal vez y para su sorpresa se incline demasiado; mañana, se pondrá en pie y tal vez, también para su sorpresa, lo haga irguiéndose demasiado. Hoy mendigan votos para mañana dar órdenes… Si usted envía a cualquier persona a un lugar de corrupción después no se sorprenda si le sale corrupto. Votar es de ingenuos, es creer que los hombres o mujeres como usted o como yo, al son y al sol de una campana, adquirirán la virtud de saberlo todo y de comprenderlo y hasta de modificarlo, lo cual es cierto solo en la medida de sus propios intereses y apetitos. La participación y la representatividad son las ficciones más insociables de estos tiempos que se parecen mucho al fracaso”.

Nunca pensé que Gustavo Petro fuera a llegar a la segunda vuelta. Una vez más, descreí. Consumada la victoria de Duque y la posibilidad de enfrentarlo con un tipo del talante intelectual de Petro, con una impresionante y bellísima campaña llamada Colombia Humana, tuve que bajar la guardia pseudolibertaria, no solo ante la fugaz coyuntura, sino ante la Historia en sí misma: en poco más de doscientos años de “soberanía e independencia” Colombia tenía la seria posibilidad de cambiar el rumbo de su existencia como Estado. Las dos anteriores oportunidades -intenciones claramente populistas, ¿cómo más?- fueron infamemente asesinadas: Jorge Eliécer Gaitán en 1948 y Luis Carlos Galán en 1989. No había opción, tendría que salir a votar. Y así lo hice. La sempiterna oposición es tal vez uno de los pocos principios verdaderamente transparentes del libertarismo.

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Desde el primer boletín de la Registraduría Nacional del Estado Civil, Iván Duque, el jovencito con canas, el que nadie conocía hace un año, empezó a despuntar. Al final de la tarde ganó por doce puntos de diferencia. El padre de mi amiga siempre tuvo la razón. Fatalidad. Dos millones de votos -mal contados- marcaron la diferencia. Duque alcanzó la votación más alta que nunca antes un presidente había alcanzado para llegar al Palacio de Nariño: 10.373.080.

Iván Duque, el nuevo presidente de Colombia (Flickr)

Por el otro lado, la cifra lograda por Petro no es nada despreciable, más si lo que él representa es la izquierda del país. 8.034.189 votos es el 42% de los electores finales. La polarización se volvió a evidenciar por enésima vez. El voto en blanco también sobrepasó el tope histórico con 808.368, un número importante, pero que a su vez reflejó que los votos alcanzados por Sergio Fajardo en primera vuelta se volcaron más hacia el petrismo que hacia el uribismo o, incluso, al promulgado y mentecato voto en blanco. El uribismo se vio terriblemente acorralado y muchos salieron a votar para evitar que el “castrichavismo” agarrara la fusta del país. Hay que decirlo: esa fue la publicidad más eficaz utilizada por el Duque y su rey.

En los primeros treinta segundos de discurso el presidente más votado de la historia colombiana agradeció a la patria, a Dios y a su familia. Desde ahí remarcó la tendencia conservadora de su gobierno. Después, obvio, la demagogia de todo político: con humildad vamos a hacer esto y con mucho trabajo lo otro. Dijo buscar la unión y evitar la ponzoña y la división y, como si fuera el capellán del pueblo, añadió: “hoy no hay ciudadanos vencidos, quiero dar el mismo amor a los que votaron por mí y a los que no”.
Prometió luchar contra la corrupción y la criminalidad, cosa que llamó la atención porque ¿será capaz de traicionar a todos los corruptos y criminales que sonrieron detrás de él y apoyaron su campaña durante los últimos meses?

Expresó que no “haría trizas” los acuerdos de paz, pero que la seguridad de Colombia es lo más importante, y, claro, la justicia una prioridad.

Gustavo Petro (Foto: Wikimedia Commons)

¿Qué hará? ¿Aumentará el pie de fuerza para que la gente siga creyendo que la seguridad es un batallón robustamente armado en cada barrio y/o vereda del país? ¿Modificará leyes para ajusticiar a los descarriados a la manera que forjó su mentor?

Siguió: que acabaría con la protesta social y reconciliaría a empresarios y trabajadores ¿Cómo logrará esto si no es a punta de miedo y represión? Que la educación gratuita para estratos 1 y 2, que la salud no es un negocio y que por tanto debe cubrir a todo el mundo, etcétera.

“El objetivo nuestro no se agota llegando a la presidencia, nuestro objetivo es refundar Colombia…”. Acá la panacea del discurso, el punto máximo para luego mencionar y agradecer a las aciagas personalidades que tanto lo vitorearon: Álvaro Uribe, Andrés Pastrana, Alejandro Ordoñez y Vivian Morales.

Al final indicó que trabajará como “Comandante en jefe de todos los colombianos” y que estará cada semana en diferentes lugares del país, escuchando y atendiendo lo que la gente necesita. Por un lado, ¿no es esto una declaración castrista, que mezcla sumisión y sometimiento con autoritarismo? Y, por el otro ¿eso de ir por todo el país semanalmente no es un calco de los consejos comunitarios de Uribe? La gente, como loca, aplaudió.

Minutos antes, Gustavo Petro agradeció a todos sus votantes, diciéndoles: “No lloremos, los que tendrían que llorar son ellos porque tuvieron que juntar todas sus maquinarias corruptas para quedarse con la presidencia” y, más adelante, antes de aceptar la curul al senado que le pertenece por haber salido segundo: “Presidente Duque, lo invito a que se separe de toda esa gente corrupta que lo rodea. Somos oposición porque no coincidimos con su programa político, sepárese y podremos hablar en paz. Estos ocho millones de votos demuestran que la Colombia Humana es indestructible”. Al final cerró con un tono ciertamente cuestionable y muy caudillista: Soy Gustavo Petro y quiero ser su dirigente.

Es más que seguro que en la próxima contienda electoral Gustavo Petro estará allí, intentándolo de nuevo, con su esperanzadora bandera y quizás con mejor fortuna. Habrá que esperar qué pasa de aquí allá.

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El indiscutible vicio del uribismo –la pasión máxima- no es el embelesamiento de una bebida, sino más bien la ciega perturbación de la sed. De ahora en adelante la que debería ser una templada oposición irá transformándose, drásticamente, en impenitente resistencia. Nada que hacer. Álvaro Uribe es tan perdedor que jamás podrá darse cuenta de lo que ha ganado y siempre querrá ir por más. Es el dueño del país, del país que es su finca desde hace dieciséis años.

Sobre El Autor

Giovanni Jaramillo Rojas

(Bogotá, 1987). Le gusta el punk, le gusta mucho, pero no tanto como cortar champiñones. Suele confundir sus manos con baquetas y asume que el mundo entero es una batería. Es un físico frustrado, un jugador de fútbol subvalorado, un mirón empedernido y, cuando pierde, suele decir que ganó moralmente. Lee porque no tiene nada más interesante que hacer, escribe por evasión y viaja de chiripa.

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