A ellas, las que no escapan

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Desde Bogotá presentamos una crónica íntima, confesional, a propósito de una parte del cuerpo que suele permanecer desnuda, una parte del cuerpo que en realidad son dos partes, separadas pero iguales, una parte del cuerpo que nos tocamos mutuamente todo el tiempo y que sin embargo muchas veces es invisible, una parte del cuerpo que nos determina más de lo que creeríamos.  

Mis manos, las pobrecitas. Las que han pasado por tanto y tanto han querido ser que no han podido.

Mis manos desean tocar la batería pero mi capacidad motriz no lo permite. Mis manos quisieran curar, aliviar en algo ese dolor que nos desborda a todos, pero no pueden hacerlo porque están ocupadas repiqueteando un teclado insulso y desalmado.

Mis manos, las que una vez escucharon “¿si ves todas esas mierditas amarillas?, las quitas”. Y las quitaron. Las mierditas amarillas eran orines secos que no habían salido de mí, pegados a la taza de un inodoro casi gringo, en uno de esos restaurantes que aparecieron en la Bogotá de los noventas con absurdas ínfulas de primer mundo.

Y luego mis manos también limpiaron caca y vómito, y un día tuvieron que encaramarse en una escalera para remover la mancha de sangre que había dejado en el techo un man que decidió inyectarse heroína ahí mismo, en el baño de ese restaurante al que iban papitos y mamitas a comprarles a sus hijitos la felicidad en cajitas.

Y como tres vidas después, siguiendo el sueño americano, perdida en una enorme manzana a la que vamos muchos a tentar el destino, en una panadería de mexicanos, mis manos recibieron la orden de no dejar rastro de la mierda de ratón que había en los rincones porque iban las autoridades a poner el Sanitary Inspection Grade. Y sí, ellas no dejaron rastro. Y sí, nos ganamos la aclamada A, esa que les dan a los lugares que, supuestamente, tienen las mejores condiciones higiénicas.

Mis manos también han ido a marcar tarjetones electorales, obligadas por mí a escribir una “x” sobre la carita del que siento yo es el menos peor, aún cuando ellas no creen en la democracia ni sienten que haya alguien menos peor que otro en esos tarjetones, ni en los honorables salones en los que algunos pocos se rifan el porvenir de la gente mientras llenan sus bolsillos.

Mis manos migrantes hicieron más cosas de las que este cuerpecito mío, tan menudo, pudiera soportar. Cocinaron, plancharon, doblaron ropa y decoraron platos de comida sofisticada, y también robaron algo de esa comida para llevarla a mi boca. A escondidas y con esa extraña y estúpida vergüenza del que alguna vez ha sentido hambre.

Mis manos acariciaron y escribieron. Sudaron. Y se rayaron de tanto ajetreo, de tanto cambio de temperatura y de tanto quehacer, a tal punto que les vino una alergia dolorosa que las salpicó de puntos ácidos y rojos justo debajo de los nudillos, como si miles de diminutos cuchillos hubieran entrado bajo la piel para luego no querer salir y arder y arder, como a veces ardo yo por dentro.

Y sostuvieron mis manos miles de cigarrillos –los más costosos de mi vida-  que se consumían al tiempo que crecía la angustia de no saber si irnos o quedarnos (should i stay or sould i go). Heridas de amor, que también son de guerra, porque a veces llora mi piel. Heridas de mis manos amantes, que han erotizado pero también han peleado. Manos que han dicho adiós más veces de las que quisieran, para quedar siempre solas porque son las manos de alguien que todo el tiempo huye.

Ilustración de Mónica Ángel Lascar. Instagram @malascar_

Alguna vez me pidieron hablar sobre la parte favorita de mi cuerpo y yo hablé de mis manos. De sus dedos no tan largos y las palmas atravesadas por las “líneas de la fortuna”, que también han sido las de la desgracia porque de todo ha habido. Y hablé del callo ese que se me forma en el dedo corazón, sobre el que se apoya el lápiz que a veces me deja ser, cuando me escribo todos los días de tantas maneras, y cambio la letra, y a veces se entiende y a veces no, y también tacho; todo el tiempo tacho. Ese callo: protuberancia rasposa, hermosa, salida de lo normal.

Mis manos quisieran ser las de otra mujer, pero les toca conformarse con esta que siempre decide mal. Entonces perdieron mucho tiempo en salas de redacción tóxicas y aniquilantes, que sustraen la vida de quienes las habitan sin que ellos lo perciban; cuerpos inertes y automatizados que se dan cuenta de su avería cuando ya no hay mucho para hacer. Perdieron y pierden tiempo escribiendo mentiras, escribiendo que esto está bien, que funciona; como si no fuera urgente cambiarlo todo, volverlo a hacer, y deshacerlo otra vez. 

Mis manos son manos cómplices, inútiles. Son manos calladas. Manos manchadas de sangre porque llevan encima el peso de todos los que han muerto en vano, por nada, a cambio de nada. Son manos asesinas, así su inutilidad ni siquiera les haya permitido matar nunca a nadie. Ni siquiera a la mujer que siempre decide tan mal. Mis manos han querido acabar con esta vida que pierde el sentido fácilmente pero mi cobardía les ha impedido apretar el gatillo, o tomar la caja completa de las pepas para dormir, o cortar las muñequitas lindas que las unen al resto de mi cuerpo, el cuerpo que se ha convertido en su cárcel.

Mis manos, las pobrecitas, me han recorrido casi toda. Pero tuvieron que esperar a que yo creciera un poco para poder zafarme de un par de las muchas culpas de las que me llenaron en un colegio de monjas, para después poder llegar libres hasta mi entrepierna.

Y allí mis dedos se volvieron bailarines. Y allí danzan en círculos y zapatean y se arrastran y vuelven a dar la vuelta y juegan a las escondidas con el misterioso punto del que nunca me hablaron en el colegio porque las monjas preferían enseñarnos a pegar botones y zurcir medias. ¡Ay! cuánto tiempo perdieron mis manos en ese lugar, pegando y despegando botones, cosiendo y descosiendo diferentes rotos para aprender a satisfacer a un marido que nunca van a tener.

Y un día mis manos quisieron probar otra cosa, entonces bailaron en la entrepierna de otra mujer. Y lo disfrutaron pero también lo sufrieron porque la dueña de esa entrepierna daba muchas órdenes y mis manos y yo siempre hemos tenido líos con eso de la autoridad. A mis manos les gusta volar no subordinarse. Y encuentran en ese espacio de amar, o algo parecido a eso, el sitio perfecto para improvisar.

Porque una vez mis dedos contaron que entre la “c” y la “s” hay 17 letras de distancia y muchos pasos para dar. Y como obedecer es mucho más fácil que ser, ellas se resisten a lo primero por miedo a acostumbrarse y que a su dueña le quede gustando, porque me saben facilista.

Y al escuchar tantos mandatos mis manos anhelaron los falos que han tocado y que no les han ordenado nada. Tantos penes rotos que van por el mundo, que los que caen en mis manos son consentidos, acariciados y besados. Mis manos tocan y mis labios besan, y succionan. Mis manos hacen magia: abracadabra y llenan de vida lo que antes era blandito y endeble, lo dejan erguido. Mis manos amasan, moldean, aprietan y rozan, mientras mi lengua lame y escupe, a cualquier oído, alguna palabra seductora que ayude a mantener en pie lo que se ha parado antes. Y a algunos penes que son tan fríos, los pobrecitos, mis manos y yo los llenamos de baba tibiecita y mis labios los recorren de arriba abajo y mis manos los contienen para que no se sientan tan rotos.

Y al intentar repararlos a ellos mis manos ya no son mías, ya no me atienden más. Porque yo les he dicho que no vale la pena, que es peligroso, pero mis manos no escuchan y se pierden entre esos falos y luego los recorren en su ausencia. Mis manos se encaprichan con penes que son fantasmas porque luego de aparecer siempre dejan de estar y en su partida abren un hueco hondo en mi interior, lleno de vacío. Entonces yo sufro y lloro, y todavía queda un poco de bondad en ellas para ir a limpiar las lágrimas de mis mejillas y así consentirme de alguna manera. Porque la rota siempre he sido yo y ellas lo saben mejor que nadie y, sin embargo, nunca se han escapado del todo por alguna de esas muchas fisuras que me componen. Siguen aquí, siguen conmigo. Mis manos no se resignan pero tampoco huyen porque son más que eso y son más que yo.

Ilustración de Mónica Ángel Lascar. Instagram @malascar_
Ilustración de Mónica Ángel Lascar. Instagram @malascar_